Pensar el tiempo: la clínica como lugar, una clínica en situación.

 

Sin duda, se trata de un tema que me ha producido una cierta inquietud, especialmente, por no dedicarme al psicoanálisis, por ser mi experiencia el estudio, la escritura y la enseñanza filosófica.

Desde hace ya varios años trabajo en una senda filosófica que plantea la relación entre el pensamiento y la vida, y más específicamente, en los últimos tiempos, entre el pensamiento y la producción. En una senda que entiende a la filosofía como una quehacer que en su despliegue plantea problemas, traza planos de pensamiento, elabora ideas, crea conceptos: una filosofía como actividad experimental y productiva.

Concebir el pensamiento como productivo, nos conduce a la afirmación de un ámbito, donde se rompe la equivalencia entre pensar y conocer. Pensar es crear, configurar. El pensamiento disuelve su alianza con las cosas, con los objetos, con el sujeto cognoscente y el ideal de verdad, se imbrica a la experiencia y ésta adquiere un valor peculiar.

El sentido y el valor del pensar no reside en la relación con el objeto, con la verdad; en la subordinación al reconocimiento y la representación; sino en su capacidad configurante, relacional y creativa; en su potencia de obrar.

* * *

Continuando con esta andadura, mis palabras, en esta oportunidad, pretenden ser un aporte, desde una perspectiva filosófica, a la cuestión planteada. Al respecto, es preciso reconocer, la incomodidad que me produjo, cuando comencé a trabajar en la locución “la clínica como lugar”. El desconcierto me ganó, algo me detenía, me invitaba al silencio, a hacer una pausa, a pensar más lento. Luego, me percaté de que la locución me conducía al concepto aristotélico de lugar y a sus efectos sobre la subjetividad.

En ese entonces se actualizaron conversaciones mantenidas a lo largo de los años, que me alentaron a pensar la clínica como una experiencia singular. Una experiencia abierta a las transformaciones subjetivas, que en su despliegue se relaciona, de un modo peculiar, con la ética y la política.

Por ello, me pareció que era preciso volver sobre el tiempo, como un concepto clave a la hora de pensar la experiencia, los procesos y las transformaciones subjetivas, en el contexto de un enlace entre ética y política, que no deja de lado la dimensión lógica-ontológica del pensar.

Así fue, que volví a la Física de Aristóteles, en la cual se considera el espacio como lugar, como una posición determinada. El lugar ejerce influencia, afecta al cuerpo que está en él, se define como un modo de estar; equivale a un campo donde las cosas son particularizadas.

El lugar se relaciona con el movimiento. Justamente, la preocupación fundamental de su Física son los entes móviles. El movimiento no se considera un estado, sino un proceso, entendido como un llegar a ser, un proceso finito desde un punto inicial, a un punto final, un proceso que deja de ser cuando alcanza su término.

El tiempo acompaña al movimiento, se perciben juntos, no se puede pensar el tiempo separado del movimiento. El tiempo se conoce cuando al determinar el antes y el después, se determina el movimiento y este se conoce por algo que se desplaza.

Dice Aristóteles, (…) cuando tenemos la percepción del antes y después en el movimiento, decimos entonces que el tiempo ha transcurrido. (…)Porque el tiempo es justamente esto: número del movimiento según el antes y después.

El tiempo quedó unido a un tipo de movimiento continuo, a la sucesión, en definitiva a la linealidad, luego, a la cronología y a la historia.

El concepto de lugar-espacio, unido a un modo especifico de considerar el tiempo, es clave para la memoria filosófica de occidente. Puesto que, si bien los contenidos de la Física aristotélica fueron dejados de lado en los siglos XVI y XVII, la lógica que los sostuvo sigue constituyendo las líneas fundamentales del pensamiento hegemónico. A pesar de la revolución científica operada a partir de la modernidad, seguimos siendo aristotélicos a nivel de la lógica que estructura nuestro modo habitual de pensar el tiempo.

Ahora bien, es preciso reconocer que a finales del siglo XIX una tendencia del pensamiento filosófico que tiene a Nietzsche como figura emblemática, comienza a considerar, en relación a ciertas pistas anteriores dejadas de lado, la dificultad de pensar la vida, los acontecimientos que la pueblan, a partir de esas categorías, de ese modo de pensar el tiempo.

Se plantea así, un problema acuciante de nuestra actualidad, darnos cuenta de la insuficiencia, de un modo de pensar que opera como una grilla de inteligibilidad estructurante de nuestra realidad. Insuficiencia que se pone de manifiesto a la hora de pensar nuestras experiencias, las tramas relacionales, el mundo. Por ende, la clínica como una experiencia singular abierta a las trasformaciones propia de la vida.

2. Imagen-movimiento / imagen-tiempo

El recorrido de Deleuze en relación al pensamiento cinematográfico enriquece nuestro pensamiento, al distinguir dos tipos de imagen, la imagen-movimiento y la imagen-tiempo. Ambas expresan dos modos de pensar, de percibir y experimentar el tiempo que muestran sus efectos a nivel de la subjetividad.

En la primera, según él, aún permanece la concepción aristotélica de tiempo y lugar, el tiempo se subordina al movimiento, a un tipo de espacio. Ella aporta una representación indirecta del tiempo. Los movimientos pueden ser variados rítmicos o intensivos, pero deben ser normales. El movimiento se considera normal cuando está determinado y regulado.

En la imagen-movimiento encontramos lugares determinados, móviles que se desplazan desde un punto inicial a un punto final y observadores que analizan, comparan, cuantifican y miden la experiencia. Las relaciones que se establecen en este tipo de imágenes son localizables, poseen encadenamientos actuales y conexiones causales.

El movimiento que en ellas se opera integra un campo de fuerzas, de oposiciones y tensiones que remite a leyes que organizan y distribuyen las fuerzas en el espacio. Las imágenes propias de la imagen-movimiento poseen un encadenamiento racional, de asociación, de semejanza, de contraste o de oposición.

Por su parte, existe un correlato entre el régimen temporal propio de la imagen-movimiento y la vida de los personajes, ellos se encuentran atrapados en esquemas sensorio-motores, de acción y reacción.

Según Deleuze, la Segunda Guerra Mundial trae consigo la ruptura de los esquemas sensorio-motrices, pone en cuestión el cine de la imagen-movimiento y transforma profundamente el régimen de verdad. La vida misma y el cine muestran situaciones ante las cuales ya no se puede reaccionar, los personajes quedan paralizados, habitan espacios cualesquiera, no determinados, vacíos o desconectados.

Los personajes sufren un colapso, no son capaces de una acción-reacción, sólo perciben y la percepción misma se transforma, otro tipo de visión, otra audición. Ellos se encuentran en situaciones ópticas y sonoras puras que traen consigo imágenes-tiempo que no tienen que ver con la sucesión del antes y el después.

Las situaciones ópticas y sonoras puras ni se prolongan en acciones ni son inducidas por una acción. Captan lo insoportable. El esquema sensorio-motor propio de la imagen-movimiento se rompe, las percepciones y acciones no se encadenan, los espacios no se coordinan, aparecen relaciones no localizables y de no contigüidad: otros modo de pensar, de actuar, de sentir.

En las situaciones ópticas y sonoras puras, los personajes son verdaderos videntes, no pueden reaccionar, no saben cómo responder, entran en un ir y venir, aparentemente indiferente a lo que les sucede, han ganado en videncia pero han perdido la posibilidad de reaccionar. Adquieren una percepción activa capaz de acceder a otras modalidades temporales. Se realizan nuevos vínculos que colocan a los sentidos emancipados en una relación directa con el tiempo, con el pensamiento. Hacer sensible el tiempo, el pensamiento, hacerlos visibles y sonoros.

La imagen-tiempo muestra presentaciones directas del tiempo, no alude ni a un tiempo metafísico como totalidad abierta, ni a un tiempo empírico, como sucesión de presentes, escapa al mundo de los tópicos, de las situaciones previsibles y establecidas. El tiempo abandona la subordinación al movimiento. Se crea una relación distinta entre el tiempo y el movimiento, puesto que el movimiento muestra su esplendor, ya no depende del espacio. El tiempo deja de ser el número del movimiento, abandona las relaciones de número, el desarrollo regulado de la acción, el movimiento normal definido por la motricidad; se presenta directamente, como apertura infinita.

3. “No hacer lo visible, sino hacer visible” P. Klee 

Desde nuestra perspectiva, decimos que pensar el tiempo resulta difícil, no estamos acostumbrados a ver, a oír sus signos, lo hemos subordinado al curso de la historia; lo hemos sojuzgado al transcurrir y a la sucesión, a un tipo específico de movimiento.

El tiempo lineal genera las condiciones de una experiencia temporal que focaliza el origen y el fin, una monótona sucesión de principios y finales. El proceso es considerado como el cauce de un río, que transcurre en una sola dirección. A lo sumo, se admiten algunos saltos, algunas bifurcaciones, la dirección siempre es la misma. Así, lo nuevo, no es más que una modificación del actual estado de cosas, la producción una operación subordinada al objetivo final.

Aún vivimos bajo la regencia del tiempo lineal y cronológico. Tiempo vertiginoso que constituye un mundo de metas a cumplir, de actividades a realizar, de objetos a obtener. Tiempo que nos quita el aliento, que nos obliga a correr hacia adelante, que nos convierte en muñecos enloquecidos a punto de estrellarnos contra un paredón: tiempo del nihilismo.

Sin duda, la temporalidad lineal histórica no brinda los medios adecuados para pensar y experimentar en toda su riqueza las mutaciones en las que irremediablemente nos encontramos.

Llevamos siglos de apego a lo determinado y a las determinaciones, a un modo del espacio, del tiempo, del cambio y el movimiento; al temor en caer en lo indeterminado, en el abismo de lo indefinido, en el desorden de la confusión. Por esa razón, el pensamiento occidental se empeñó en reducir el devenir, en hacerlo inteligible capturándolo en esquemas racionales que permiten la ilusión de su dominio.

Sin embargo, el devenir insiste, nos hace señas. Los encuentros, las conexiones no causales nos sorprenden y nos sumergen en un mar relacional, en un mar de visiones y de sonidos inusitados, emergencias intempestivas que muestran una trama dinámica de afecciones, otras modalidades temporales que impulsan a abrirnos a los acontecimientos que constituyen nuestra vida.

Los acontecimientos pertenecen al devenir, son expresiones del devenir, puro juego de relaciones que se actualizan y se efectúan introduciendo modificaciones profundas muchas veces imperceptibles en el estado de cosas. Puede que nada cambie o parezca cambiar en la historia, pero todo cambia en el acontecimiento, y nosotros cambiamos en el acontecimiento.

* * *

Consideramos pues, que no se trata de distinguir entre dos lógicas, no se trata de separación y contraposición, sino de aproximarnos a otras modalidades de nuestra propia experiencia, otras modalidades temporales, que aporten la posibilidad de pensar y percibir las tramas intensivas, relacionales, afectivas que nos albergan y nos constituyen.

El apego a un único modo de pensar, trae consigo la interceptación de la apertura, de la flexibilidad, de la movilidad; inhibe la experiencia de territorios afectivos y productivos. Las categorías suelen condicionar nuestro decir, dificultan un pensar experimental y productivo. El despliegue de una experiencia exige un modo de pensar, de percibir, donde los conceptos se enlazan a las sensaciones, a las afecciones y a los afectos.

Quizás sea el momento de aceptar que solemos desconocer nuestra capacidad de ver y oír; sólo vemos las formas, los géneros y las especies, no tenemos ojos ni oídos para los cúmulos intensivos, para las afecciones y los afectos, para la afectividad del mundo y de nosotros mismos.

Pero, la vida fuerza al pensamiento, surge la pregunta cómo decir el tiempo, el devenir, eso que pasa en lo que nos pasa. Deleuze dice, en la Lógica de la sensación, ¿Son acaso la Vida, el Tiempo, hechos sensibles, visibles? Hacer visible el tiempo, la fuerza del tiempo. Hacer el tiempo sensible en sí mismo, tarea común al pintor, al músico, a veces al escritor.

De ese modo, se abre una vía para el arte, la escritura, también para la filosofía y el psicoanálisis, hacer visible, intentar ver y oír aquello que de otro modo no hubiese sido posible… abrirse a las sensaciones y sus resonancias, a las afecciones y los afectos; dar lugar a modalidades de pensamiento que alberguen las mutaciones: el devenir y los acontecimientos.

Gracias a la apertura a las movilidades intensivas, la experiencia, en su despliegue, expresa una situación que trae consigo las fuerzas mutacionales propias del devenir. Se generan así, condiciones para captar los avatares de las transformaciones en los procesos subjetivos.

Llegados a este punto, quizás el problema inicial, adquiera otro carácter, y no se trate tan solo del lugar, sino del acontecimiento, de su actualización y efectuación en una situación, la clínica como lugar, se enriquece, se vuelve una clínica en situación.

El lugar deviene situación, espacio-tiempo de encuentro, donde circulan sensaciones, se traman afectividades; donde se despliega un poder de afectar y ser afectado productivo; donde el aumento de la potencia singular y colectiva genera las condiciones de una intensificación del deseo productivo de pensar y obrar.

4. El enlace entre ética y política.

En el momento de concluir, resuenan las palabras de Spinoza, quien nos da las pistas de un pensamiento que aún nos cuesta vislumbrar, puesto que su filosofía abre un territorio conceptual en el cual la ética y la política adquieren un carácter peculiar. Y es justamente esa peculiaridad, la que brinda la posibilidad de pensar una clínica en situación en su proximidad con la ética y política.

En la Ética nos dice,

[…]Consta, pues, por todo esto, que no nos esforzamos por nada, ni lo queremos, apetecemos ni deseamos porque juzguemos que es bueno, sino que, por el contrario, juzgamos que algo es bueno porque nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos, deseamos.

Spinoza concibe la potencia, el deseo como potencia-ser productiva. Siguiendo con su andadura, el pensamiento ético recobra su potencial vital, abandona la esfera de la moral, del bien y el mal, del sistema del juicio, la pretensión de sostener modelos que indiquen cómo hay que comportarse. La ética se expresa en el ejercicio de la potencia, en los modos de existencia, en una peculiar relación consigo mismo y con los demás.

La ética manifiesta un modo de ser y de existir en relación a valores que se aceptan y eligen, muestra el juego de las afecciones y los afectos. El afecto expresa la variación de la potencia intensiva de cada quien. La diferencia intensiva es quantumde potencia, el poder de afectar y ser afectado hace que la potencia aumente o disminuya constantemente. El aumento intensivo se acompaña de una sensación de alegría, la disminución, de una sensación de impotencia que trae consigo la tristeza. Gracias a las pasiones alegres, se presenta la oportunidad de comprender el juego relacional en el que cada uno se encuentra, a partir de lo cual se efectúa la apropiación de la potencia de pensar y actuar, que trae consigo afectos activos.

La ética como ejercicio afectivo se realiza en conexión con el tiempo, con los acontecimientos que lo pueblan; convoca una dignidad peculiar, una responsabilidad vital: ser dignos del acontecimiento, de lo que sucede en lo que sucede. Brinda nuevos sentidos a la existencia. No un sentido último y cristalizado acorde a un plan trascendente, sino un sentido múltiple y mutante que se realiza en el ejercicio de un pensamiento activo y afirmativo.

Desde esta perspectiva, la ética se enlaza a una política que atiende a la vida singular, de hombres y mujeres; a partir de lo cual, la propuesta ético-política inspirada por Spinoza plantea, cómo generar las mejores condiciones para la apropiación, aumento y expansión de la potencia creadora de los hombres y mujeres; cómo realizar un ejercicio de deseo productivo como efectuación de libertad.

La política, enlazada a la ética, muestra los territorios afectivos, se vuelve el oikos, el hogar en el que se actualiza la conexión entre los seres, entre los más cercanos y los más lejanos. El hogar como instancia de convergencia, como espacio temporalizado, afectivo en donde prolifera y se despliega el querer, las producciones alegres que nos potencializan y expanden.

Escrito por Annabel Lee Teles

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