Estudios sobre “clase media” en la antropología social: una agenda para la Argentina

Durante el curso de los primeros años del nuevo siglo, un número cada vez mayor de antropólogos sociales en la Argentina ha emprendido la tarea de estudiar mediante los enfoques y los métodos de la disciplina a la clase media urbana. Posiblemente, los representantes de la llamada sociología académica pueden considerar extraña esta pretensión de novedad, en especial porque la clase media constituye un objeto de indagación disciplinar desde hace mucho tiempo. En los últimos años, sobre todo en los 1990, buena parte de esas investigaciones fueron realizadas apelando a metodologías cualitativas y a autores que son fuente habitual de consulta teórica para los antropólogos, como Pierre Bourdieu. De hecho, algunos antropólogos han trabajado en equipos de investigación liderados por sociólogos, dando mayor apoyatura a una perspectiva de trabajo unificada. Por ende, es muy posible que vean esta insinuación de ruptura como innecesaria e incomprensible.

 

A pesar de ello, y aún destacando la relevancia de estas líneas de investigación, mi intención aquí consiste en plantear la diferencia entre estos estudios y aquellos que acomete un enfoque más propiamente antropológico. Planteada de una manera simple, la divergencia radicaría en que mientras los estudios sociológicos vigentes estudian las propiedades de diferentes sectores sociales a los que se predefine como de “clase media”, los trabajos que llamo “antropológicos” se interrogan por las condiciones sociales y culturales que hacen que ciertos conjuntos sociales sean adscriptos y se constituyan como “clase media”.

 

Quiero ser justo al respecto. Si bien las fuentes intelectuales del programa que aliento se nutren necesariamente de la tradición antropológica, esto no implica trazar una absurda frontera entre antropólogos y sociólogos. Lo que en verdad quiero resaltar es una propuesta diferente para hacer de la clase media un objeto de estudio. Al respecto, este trabajo se propone mostrar cuáles son los aspectos salientes de los estudios antropológicos sobre prácticas definidas como “de clase media”, y en especial el valor de la indagación etnográfica. El artículo procurará adelantar los avances de este programa de investigación en la Argentina, y sus contrastes con los desarrollos sociológicos ya establecidos en el curso de la década de 1990, especialmente aquellos que han puesto su atención tanto en la “declinación de la clase media” y la emergencia de “nuevos pobres”, como en el “ascenso de la clase media” centrada en la participación en formas de consumo globalizadas y patrones residenciales basadas en la segregación urbana.

 

Pretendo mostrar que los abordajes antropológicos han permitido orientar las investigaciones en cuatro líneas específicas. En primer lugar, promueven el estudio de los procesos de constitución de la clase media en términos locales, enfatizando en las peculiaridades de los contextos nacionales y regionales. Segundo, han puesto de manifiesto cuán importante es atender a la heterogeneidad social y cultural que usualmente es homogeneizada bajo el rótulo de “clase media”. Tercero, han exhibido la relevancia que implica tener en cuenta las prácticas y relatos que participan de la constitución de la “clase media”. Y cuarto, finalmente, han revelado la necesidad de estudiar los procesos de constitución no sólo a través de vías clásicas, como los niveles de ingreso y las pautas de consumo, sino también a través de otros aspectos, tales como las imágenes corporales y espaciales, y las identidades raciales, étnicas y nacionales.

 

Estudios sobre la clase media desde la antropología social: desarrollos internacionales y el caso argentino

 

Resulta algo desmedido endilgarle a la antropología en la Argentina el no haber desarrollado hasta la fecha una preocupación específica por el estudio de la “clase media”. Exceptuando trabajos pioneros como los de William Lloyd Warner (Warner, 1949; Warner y Lunt, 1941 y 1942), se trata de un tópico que la investigación antropológica internacional inició hace pocas décadas, avanzando lentamente en un terreno aún dominado mayormente por el interés hacia poblaciones más ligadas a la tradición disciplinar, tales como las sociedades tribales, los trabajadores rurales o industriales, o los diversos sectores empobrecidos en razón del desempleo o la exclusión social (Overbey y Dudley, 2000).

 

Como lo ha señalado el antropólogo Mark Liechty (2002), buena parte de la literatura etnográfica sobre la clase media anterior a los años 1990 proviene de estudios en ámbitos escolares, y trata sobre cuestiones tales como los procesos de socialización y la reproducción social (Eckert, 1989; Foley, 1990; Gaines, 1990; Holland & Eisenhart, 1990; Proweller, 1998); otros trabajos han abordado cómo ciertas familias consideradas de clase media se han visto afectadas por los procesos de des-industrialización o de reconversión empresarial, como los conocidos estudios de Katherine Newman con residentes de un suburbio de New Jersey (Newman, 1988 y 1993). En la misma época, la activista norteamericana Barbara Ehrenreich (1989) publicó un ensayo sobre los cambios de la clase media norteamericana profesional, especialmente en relación con la pérdida paulatina de la importancia concedida a la autonomía profesional y a la integridad moral hacia fines de los años 1980. Un caso especial es el estudio etnohistórico de una clase media nacional, desarrollado en Suecia por Frykman y Lofgren (1987). Es a fines de la década de 1990 y en los comienzos del nuevo siglo cuando empiezan a ver la luz estudios etnográficos focalizados en poblaciones que se autodefinen o son definidas como “clase media”. Muchas de estas publicaciones han indagado en la relación de las prácticas de consumo globales, su vinculación con identidades de género, religión, etnicidad y región, el papel de los medios masivos y electrónicos de comunicación en la difusión de estilos de vida e identidades, y los modos propiamente locales de apropiación, uso y resignificación (Liechty, 2002; Lundgren, 2000; Mankekar, 1999; O’Dougherty, 2002; Sloane, 1999).

 

No obstante este creciente interés, todavía hoy es imposible afirmar que estemos viviendo un proceso semejante entre nosotros, aún cuando desde los años 1990 los antropólogos argentinos han tomado por fronteras disciplinarias los confines del espacio que alberga toda manifestación humana. No estoy asegurando que debiera existir un área específica, tal como suele pensarse en “antropología económica” o “política”, nominaciones que a menudo satisfacen más las exigencias de legitimación institucional que las propiamente científicas. De modo más simple, digo que a pesar de que desde, incluso, los años 1970, muchos estudios han sido realizados sobre poblaciones definidas explícita o implícitamente como “clase media”, esto no ha llevado necesariamente a hacer de ella un tema específico, con su propia agenda, con sus propios problemas de investigación y con desarrollos específicos relacionados con las dificultades inherentes a su investigación.

 

Esta situación puede llamar más la atención, si se recuerda cómo la Argentina ha sido definida en más de una ocasión por nativos y extranjeros como “un típico país de clase media”, poseedor de “la clase media más vasta e ilustrada de América Latina”, una característica que habría alejado a la Argentina de los modelos polarizados de los otros países de la región, plagados de contrastes, aproximándola más a Estados Unidos y, sobre todo, Europa Occidental. Buenos Aires -muy especialmente- ha sido muchas veces presentada como una urbe europea transplantada a América Latina, no sólo por la descomunal circulación de bienes e ideas globales, sino por presentar poblaciones locales semejantes a las que habitan Paris, Barcelona, Roma o Madrid, debido a sus niveles y estilos de vida, pero quizá más que nada por albergar una numerosa población blanca. A pesar de que en los últimos tiempos estas imágenes han sufrido los embates del augurio de la extinción de la clase media, lo cierto es que la “clase media” sigue siendo una categoría invocada por quienes pregonan su presunta disminución, o por los medios de comunicación y los especialistas que tratan de identificar ciertos comportamientos políticos en el espacio público, o identificar segmentos de consumidores.

 

Esta importancia pasada y presente de la clase media en la Argentina rara vez se reflejó en el pasado en los estudios antropológicos locales. Difícilmente podía provenir dicho interés de los estudios etnológicos y folklóricos anteriores a los años 1970. Las “ciencias antropológicas” –un espacio del que participaban la etnología, el folklore, la arqueología prehistórica y la antropología física– se ocupaban de las poblaciones indígenas vivas o desaparecidas, o de los sectores mestizos de tradición hispano-indígena asociados con las supervivencias “folklóricas”1. A las “ciencias antropológicas” les quedó la tarea de ocuparse de poblaciones excluidas de la sociedad nacional, consagrando la exclusión de aquellos sectores que nunca podrían llegar a ser “auténticos ciudadanos”, para quienes la lengua y la etnía sí eran significativas (Visacovsky, Guber y Gurevich, 1997; Guber y Visacovsky, 1999 y 2000). Frente a otros disciplinas como la historiografía o la sociología (esta última, con un nuevo perfil “científico y moderno” desde la segunda mitad de los años 1950), la antropología quedaba desplazada de los debates respecto al carácter de la nación o el estado, del curso de la acción política y, fundamentalmente, del presente.

 

No obstante, durante los años 1970 se llevaron a cabo algunas investigaciones empíricas que pudieron constituir el preámbulo de un campo disciplinario específico de la antropología social, el cual quedó trunco en parte por los avatares políticos (la profundización de la violencia política y el terrorismo de estado), y en parte por peculiaridades de la conformación del campo antropológico local.  Apelando a enfoques provenientes de la antropología social británica y norteamericana, a los que se sumaban –en algunos casos– desarrollos basados en el marxismo, estos estudios se focalizaron en contextos rurales habitualmente estudiados por la sociología. Con el propósito de discutir la teoría de la marginalidad, los estudios antropológicos se orientaron a la indagación de prácticas de supervivencia y permanencia no necesariamente capitalistas, desarrolladas no sólo por los sectores subalternos más empobrecidos, sino  también por pequeños y medianos productores,  descendientes de colonos de origen europeo (Guber y Visacovsky, 1999: 25; Guber y Visacovsky 2000: 307). En estos estudios, sus autores debatieron su caracterización como pequeña burguesía (Archetti, 1975), o la calificaron abiertamente como una “clase media rural”, ubicada entre los proletarios y los terratenientes (Archetti y Stölen, 1974: 175; Bartolomé, 1991). También, en estos trabajos examinaron el papel de las identidades étnicas y su relación con las elites argentinas locales, como fue el caso del estudio de Leopoldo Bartolomé sobre los colonos descendientes de ucranianos y polacos en Apóstoles, en el sudeste de la provincia de Misiones. Además, y en algunos puntos en convergencia con las investigaciones de Archetti y la antropóloga noruega Kristi-Anne Stölen, Bartolomé puso en evidencia la ideología económica conservadora de estos sectores, orientada a la supervivencia en lugar de la expansión.

 

Dos trabajos merecen especial atención. En primer lugar, el estudio sobre los modos de vida urbanos en la ciudad de Paraná, Entre Ríos, realizado por el antropólogo argentino Rubén Reina (quien trabajaba desde hacía varios años en la Universidad de Pennsylvania, Estados Unidos), a comienzos de los años 1970. Se trata de una monografía etnográfica, que quizá haya sido el primer estudio antropológico realizado en el país completamente abocado a investigar una población definida por el autor como “clase media”2. En segundo lugar, la investigación emprendida por la antropóloga norteamericana Julie M. Taylor sobre “los mitos de Eva Perón” constituye al mismo tiempo una indagación de las concepciones sobre género, sexualidad y moralidad de la clase media urbana en Buenos Aires. Taylor, quien había iniciado su trabajo de campo a fines de 1970, convivió inicialmente con una familia trabajadora de un barrio proletario, pues quería estudiar la creencia en Eva Perón como una santa, fiel esposa y leal propulsora de la causa peronista. Como otros especialistas, ella suponía que esta creencia había sido promovida por los sectores más humildes. Sin embargo, su investigación reveló que la imagen de Eva como una santa poseedora de poderes místicos no era, en realidad, patrimonio del proletariado peronista, sino que fue la clase media opositora al régimen de Juan D. Perón quien construyó la imagen de un pueblo crédulo entregado al culto de Evita (Taylor, 1979 y 1981). Aunque no fue el objetivo de Taylor realizar un estudio de la clase media, en gran medida contribuyó al conocimiento de su sistema de creencias; en efecto, Taylor pudo interrogar los estereotipos políticos, muchos de los cuales han alimentado y siguen alimentando las mismas hipótesis de investigación social, al mostrar cómo determinadas conductas o creencias atribuidas a los sectores más pobres de la población son, en realidad, un producto de la clase media. Implícitamente, Taylor habría sugerido que la tarea de problematización de lo “dado por descontado” (esencial al enfoque etnográfico) en la Argentina, desembocaba en un estudio de las ideas de la clase media, al fin y al cabo, el sector de dónde provenían investigadores, profesionales y periodistas.

 

Durante los años de la dictadura militar (1976-1983)3, la antropología social permaneció ausente en los planes de estudio y en los enfoques de investigación en las antropologías académicas, por lo que resultaba imposible que ciertos temas de pesquisa fuesen planteados y desarrollados4. Con el retorno de la democracia, desde mediados de los 1980, se produjo una apertura paulatina en las temáticas de investigación antropológicas, especialmente alentadas por cambios en la composición de los planteles docentes de las carreras y en los contenidos curriculares5. Ya bajo la categoría de “antropología social”, fueron introducidos enfoques y temáticas empíricas omitidas diez años atrás6. La antropología social británica, la tradición culturalista norteamericana, la escuela sociológica francesa y el estructuralismo levistraussiano7 volvieron a ser referencias usuales en la mayor parte de las antropologías académicas8. Junto a los estudios de zonas como el Chaco y la Patagonia Occidental (usualmente vistas como “indígenas”), la oposición entre lo urbano y lo rural dio lugar a dos especialidades, la antropología urbana y la rural9. A su vez, también emergieron una serie de estudios que bien podrían haber sido subsumidos bajo el rótulo de “urbanos”, pero que se diferenciaron como dos campos autónomos: la antropología de la educación, por un lado, y la médica o de la salud, por otra10. Si bien las poblaciones objeto predominantes sobre las cuales podían recaer estas categorías fueron los trabajadores industriales y rurales (en los cuales podían incluirse las poblaciones indígenas), los residentes de villas miseria, inquilinatos u ocupaciones ilegales de viviendas (que podían ser estudiados también como usuarios del sistema de salud o del sistema educativo), paulatinamente fueron incorporándose actores provenientes de otros sectores sociales, tales como los médicos y otros profesionales de la salud, y los maestros de escuela11. Sin embargo, la condición de “clase media”, “sectores medios” o capas medias” no constituyó en modo alguno el núcleo de interés de estos trabajos; en realidad, estas categorías, cuando fueron empleadas, cumplieron la función de describir apriorísticamente determinadas poblaciones, ya que lo significativo desde el punto de vista de los intereses de investigación lo constituían las identidades sociales en juego, o las formas de poder, control y autoridad, y sus consabidos modos de resistencia.

 

Aunque, como señalé, existe hoy un incipiente interés por abordar a la clase media mediante las orientaciones y los métodos de la antropología social, debemos convenir que los actores del campo de la sociología académica pueden reconocer antecedentes de investigación en la temática invocando a sus propios padres disciplinarios: ellos desarrollaron estudios en el pasado, y cuentan con programas y proyectos dedicados a abordar a la clase media en la actualidad. Por ende, disponen de un significativo corpus. Para los antropólogos, resulta crucial conocer esta producción, no sólo en nombre del conocimiento de un “estado de la cuestión”, sino también porque entender qué se ha dicho sobre la clase media en la Argentina explicará en gran medida los modos usuales en que los mismos antropólogos la han definido y han considerado apropiado estudiarla. Desde mi punto de vista, gran parte del modo en que la antropología construye su posición frente a las realidades que estudia ha descansado, históricamente, en la manera en que ha establecido un diálogo con aquellos saberes que la han antecedido en la interpretación de los mundos y poblaciones sobre los que, en determinado momento, movilizó su interés. Desde los tiempos en que los antropólogos intentaron atacar las ideas de irracionalidad asociadas al primitivismo o el salvajismo de los pueblos no capitalistas, debieron entrar en una interlocución (muchas veces imaginaria) con diferentes saberes instituidos, que gozaban de un incuestionable prestigio y legitimidad ante los ojos de los estados o la opinión pública. La tarea de los antropólogos implicó, entonces, no sólo el conocimiento directo de las mencionadas realidades sociales, sino también la discusión de las perspectivas establecidas sobre las mismas. Estos puntos de vista estaban sustentados en saberes tales como la economía, la pedagogía, la psicología, la administración pública, el derecho o la filosofía política. Si es cierto que para desarrollarse, el saber antropológico necesitó implantarse en saberes ya existentes, alimentarse de los mismos y, finalmente, sustituirlos (de algún modo, una forma “parasitaria”), una agenda antropológica sobre la clase media debiera empezar por reconocer a aquellos saberes que han sido centrales en la conformación de un terreno de estudios sobre la clase media en la Argentina. Por ello, es mediante el establecimiento de una relación distinta con la producción del campo sociológico que los antropólogos podremos diseñar una agenda de investigación específica sobre la clase media.

 

En el apartado siguiente, pues, me referiré a los estudios llevados a cabo desde el campo de la autodenominada sociología académica en la Argentina, desde los años 1940 en adelante, y con un especial énfasis en los trabajos producidos desde los 1990 al presente.

 

Los estudios sociológicos

 

Fue Gino Germani (1911-1979), considerado el padre de la llamada “sociología científica” en el país, quien hizo de la “clase media” un tópico de interés especial para la investigación social en la Argentina. Quien diera el impulso decisivo para  la creación de la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires en 1956, y a la reorientación de las disciplinas dedicadas al estudio de la realidad social tras la caída del peronismo en 1955, comenzó a desarrollar estudios empíricos sobre la clase media a comienzos de la década de 1940. Ya integrado al Instituto de Sociología de la Universidad de Buenos Aires (creado en 1940), Germani llevó a cabo una serie de indagaciones acerca de la composición de la población, la opinión pública y la situación de la clase media (Germani, 1942, 1943 y 1944, 1981)12.

 

Hacia 1950 la oficina de Ciencias Sociales de la Unión Panamericana impulsó un programa de investigación sobre la clase media en América Latina. Esta organización consideraba clave el papel de la clase media, al sostener que si ella se mantenía fuerte, ayudaría a sostener la estabilidad social y económica de la región. Para tal fin, la Unión Panamericana resolvió compilar un volumen dedicado al tema, y para ello convocó a Germani y a otras dos figuras del medio académico argentino para que aportasen sus contribuciones: Sergio Bagú (1911-2002)13 y Alfredo Poviña (1904-1986)14. A pesar de sus diferencias, los tres autores coincidieron en un aspecto importante respecto a la clase media: la necesidad de abordar su estudio no sólo apelando a la información económica cuantificable. Asimilando ideas, creencias y subjetividades a la dimensión psicológica, Bagú (1950) señaló la existencia de una “psicología” de la clase media, mientras Germani (1950, 21) sostuvo que la clase media portaba una específica “personalidad”. Por su parte, más vinculado con una tradición idealista, Poviña (1950, 73-74) apelaba a nociones tales como cultura y espíritu para caracterizar la singularidad de la clase media. Así, le atribuía un patrón cultural distintivo, un “estado de espíritu”, pero también sostenía que carecía de “conciencia de clase” y “unidad”.

 

Lo que ponían de manifiesto estos trabajos era la necesidad de buscar la cualidad distintiva de la clase media en aspectos tales como los niveles de instrucción, o la valorización atribuida a la educación, al conocimiento y al arte. Estas cualidades expresaban, precisamente, el punto de vista que enfatizaba como rasgo distintivo de la clase media su “inclinación al progreso”; éste podía advertirse tanto en las aspiraciones de movilidad social ascendente, como en su concreción, fruto del esfuerzo individual antes que de un proyecto colectivo (como podía ser la asociación a un partido u organización sindical).

 

Pero aquello que diferenciaba crucialmente las perspectivas de Poviña y Bagú de la de Germani era la importancia que concedía este último a los estudios empíricos de largo aliento. Germani propugnó una distinción radical entre una sociología basada en la investigación empírica, y otra especulativa, a cuyos cultores definió como “ensayistas”. Influido por la sociología weberiana y el estructural-funcionalismo de Talcott Parsons, la antropología cultural norteamericana e incluso algunas versiones del psicoanálisis culturalista, Germani llevó adelante un programa renovador en el campo de la sociología en el país, basado en el conocimiento de las agendas teóricas internacionales (principalmente las anglosajonas) y los métodos y técnicas de investigación empírica. Como ocurrió en otros campos, Germani y sus equipos iniciaron los estudios empíricos sobre la clase media en la Argentina, adoptando el enfoque de la estratificación social. Sus trabajos han influido especialmente en la sociología cuantitativa, debido a su insistencia en el diseño de cuestionarios y en la identificación de indicadores objetivos de clase, y de autoidentificación y ubicación social, metodología que entendía imprescindible para conocer las relaciones entre estratificación y movilidad social (Germani, 1955 y 1963). Al mismo tiempo, Germani estableció los lineamientos de la interpretación de la clase media argentina en vigencia durante la segunda mitad del siglo XX, al destacar su origen inmigratorio europeo, la movilidad social ascendente a través del comercio y la educación, esta última transformada en un valor capital que posibilitaba el progreso individual (Germani, 1963). Sin embargo, también contribuyó a afianzar un enfoque sociológico según el cual la “clase media” era el resultado de las operaciones de delimitación del investigador, las que, sin embargo, eran vistas como la percepción de una realidad objetiva indiscutible.

 

En el curso de los años 1960 y decididamente en los 1970, la creciente difusión del marxismo en las ciencias sociales en la Argentina, junto a un progresivo proceso de radicalización política de las mismas, postergó en buena medida los estudios empíricos en general, y en especial los centrados en aquellos sectores que dichas disciplinas denominaban “clase medias”, “sectores medios” o “pequeña burguesía”. A comienzos de los años 1970 algunos trabajos centrados en el ámbito de la educación pusieron énfasis en el rol político y la orientación ideológica de la clase media, atribuyéndole un apego o inclinación por los valores de las clases dominantes (Graciarena, 1971; Tedesco, 1971). Pese a las diferencias en cuanto a la orientación teórica, estos estudios confluían con los enunciados de Jauretche. Por otro lado, llamativamente, estas conclusiones emergían en el mismo momento en que se estaba produciendo una inusitada incorporación de jóvenes procedentes de familias identificadas como de “clase media” a las filas de la militancia política peronista, de izquierda y revolucionaria (Gillespie, 1998, 87-99).

 

Durante la década de los 1980, junto a la reestructuración de los espacios de investigación tras el fin de la última dictadura militar en 1983, recibieron inicialmente mayor atención por parte de las ciencias sociales los sectores más postergados de la sociedad. Pero a partir de la década de 1990, con la implantación de las así llamadas “políticas neoliberales” y el aumento de la pobreza y el desempleo, la clase media fue objeto de un renovado interés. Desde entonces, se desarrolló una línea de estudios focalizados en el deterioro de sus condiciones de vida, mostrando a través de información preponderantemente cuantitativa cómo determinadas fracciones de la llamada “clase media urbana” se habían pauperizado. Entre las razones, se esgrimían el incremento de la desocupación y la subocupación, la reducción de sus ingresos y la propagación de los puestos de trabajo precario, inestable y sin cobertura social, pasando a formar parte de un estrato de pobreza reciente, razón por la cual recibían la denominación de “nuevos pobres”. Los trabajos pronosticaban, pues, que la expansión de la pobreza traería aparejada, simultáneamente, la desaparición paulatina de la clase media. Esta tendencia debía verse como expresión de un proceso de polarización social que transformaría definitivamente la estructura social de la Argentina, para aproximarla definitivamente al de otras naciones latinoamericanas en las que nunca había existido una vasta e influyente clase media (Minujin y Kessler, 1995; González Bombal, 2002; Lvovich, 2000; Minujin y Anguita, 2004).

 

Los episodios de diciembre del 2001 (cuando la Argentina sufrió una de sus más severas crisis económicas y políticas del siglo XX) parecieron confirmar la tendencia antes descripta. Algunos estudios realizados poco tiempo antes de la crisis mostraron (apelando a entrevistas estructuradas sobre una población predefinida) cómo los sentidos clásicos asociados a los valores acerca de la libertad, la igualdad, el éxito y la justicia, que habían sido centrales en la identidad de la clase media, se hallaban en crisis, ya que postulaban un descreimiento en relación con las posibilidades efectivas de movilidad social ascendente y progreso individual (Sautu, 2001). La crisis dio lugar a una producción que, por un lado, prolongó las investigaciones sobre protesta social desarrolladas durante los años 1990: las protestas (los “cacerolazos”) y las asambleas vecinales o barriales, es decir, reuniones de vecinos que se congregaban en plazas y esquinas de la ciudad para debatir la situación política y económica, y eventualmente formas de acción colectiva (Briones et al., 2003)15. A su vez, también fueron objeto de tratamiento los clubes de trueque, una suerte de ferias donde se intentaba paliar la falta de dinero en efectivo, a través del intercambio de bienes y, en algunos casos, servicios. Algunos de estos trabajos postularon nuevas formas de sociabilidad, y el desarrollo de redes sociales y formas de “solidaridad” como respuestas a la crítica coyuntura (González Bombal, 2002; Hintze, 2003). Si bien inicialmente estos trabajos emergieron como posibles nuevos temas de investigación en la agenda local, lo efímero de la existencia de muchos de los fenómenos bajo estudio hizo que la prematura agenda se extinguiera.

 

Como contrapartida de los estudios sobre la polarización social, otros trabajos se centraron en la emergencia y consolidación de una “fracción” de la clase media enriquecida. La población objeto de estos análisis incluía a profesionales independientes cuyas competencias poseían un alto valor en el mercado, o empleados jerárquicos del sector de servicios, todos ellos beneficiados con las políticas económicas del gobierno justicialista de Carlos Menem entre 1989 y 1999. El punto principal de interés de esta línea de investigación residió en la relación entre el consumo y los estilos de vida. Desde aproximaciones predominantemente cualitativas, estos trabajos abordaron la aparición de nuevas formas de residencia (Arizaga, 2000; Svampa, 2001 y 2002) y consumo, que expresaban la recepción de objetos y significados globales (Wortman, 2001, 2003) que legitimaban determinados estilos de vida (Arizaga, 2004, 17).

 

Por caso, algunos de estos autores analizaron el surgimiento de los barrios privados y countries alejados de los conglomerados urbanos, como nuevas formas de urbanización de las clases medias, viendo en ello la expresión de un proceso de privatización de la vida, acentuada en el curso de los años 1990. Sostenían que durante esos años prevaleció un discurso que sostenía el valor de lo privado por sobre lo público, evidente en las conocidas políticas que impugnaban la eficacia de las empresas de servicios públicos en manos del estado. Los trabajos pretendían mostrar cierta continuidad entre estas ideas dominantes y la emergencia de nuevos modos de residencia; en efecto, parte de los nuevos emprendimientos urbanos propugnaron la gestación de zonas que promocionaban ciertas garantías anheladas por determinados sectores, como la mayor seguridad frente a los delitos que podía ser garantizada por compañías privadas, y servicios urbanos eficientes, al mismo tiempo que un tipo de vida “menos urbano”, “más próximo a la naturaleza”. Los estudios que abordaron estos procesos se encargaron de señalar la continuidad entre las transformaciones estructurales que resultaron de las políticas oficiales neoliberales, y la emergencia de nuevos estilos de vida. Desde este punto de vista, resultaban importantes en la medida que revelaban cómo aquello que era definido como “clase media” se fragmentaba en sectores enriquecidos y empobrecidos16; pero, al mismo tiempo, pusieron en evidencia que los procesos de transformación estructural iban acompañados de transformaciones culturales e identitarias profundas. Algunos trabajos realizados desde el ámbito de la antropología social han establecido un diálogo con esta línea de investigación, poniendo atención en los procesos de transformación urbana locales (que obedecían a lógicas globales), especialmente en Buenos Aires, que hicieron de ciertos barrios y zonas pobres y periféricas, sectores renovadamente atractivos para el mercado inmobiliario y el consumo17.

 

En perspectiva, la producción sociológica ha sido sumamente valiosa, ya que estableció las bases de los estudios sobre la clase media en la Argentina. Sin embargo, estos trabajos apelaron a la noción de “clase media” como una categoría objetiva y universal, que clasificaba a determinados segmentos de la población diferenciándolos de otros, homogeneizando sus variaciones empíricas merced a criterios seleccionados por el investigador, tales como el nivel de ingreso, la ocupación o el nivel educativo18.

 

Ahora bien, para los antropólogos sociales, el modo a-problemático en que estos trabajos han trazado los límites que definían a la clase media debe ser considerado sospechoso. ¿Por qué tales demarcaciones y no otras? ¿Cómo sectores tan diversos podían ser unificados bajo una misma categoría? Si estas delimitaciones son realizadas en nombre de la objetividad del investigador, ¿qué relación guardarían las mismas con las que efectivamente asumen los actores en sus prácticas? Si los estudios sociológicos pueden considerarse un corpus fundamental que obre como punto de partida de las investigaciones presentes, una reformulación de la perspectiva que ha prevalecido hasta aquí exige no sólo abordar las realidades sociales asumidas como “clase media” en tanto prácticas e identidades sociales concretas, sino también problematizar las bases mismas sobre las cuales se ha producido el saber sociológico disponible sobre la clase media.

 

Los límites ambiguos de la clase media

 

En el 2004 inicié una investigación acerca de cómo quienes se asumían (o eran vistos) como “clase media” en Buenos Aires habían experimentado la llamada crisis del 2001-2002. Mi interés radicaba en estudiar las nuevas formas de organización y acción que la cadena de acontecimientos definida como “crisis” había dado lugar; a la vez, me interesaba conocer cómo la crisis había impactado en las vidas concretas de las personas adscriptas a la clase media, modificando sus niveles y estilos de vida; y, finalmente, me interesaba conocer qué sentido le conferían tanto a su organización, acciones y cambios en los niveles y estilos de vida, y cómo estos sentidos se relacionaban con su identidad. Para llevar adelante estos objetivos, inicié en el 2004 y hasta fines del 2006 un trabajo de campo multi-situado (Marcus, 1995), que incluyó observación participante en actos y reuniones públicas llevadas adelante por organizaciones que luchaban por la recuperación de sus inversiones bancarias en dólares; al mismo tiempo, mantuve conversaciones y entrevistas abiertas con sus miembros, así como con funcionarios públicos, empleados bancarios de diferente jerarquía, abogados, demandantes ante el estado y/o los bancos no enrolados en formas colectivas de organización, e incluso personas que no habían llevado adelante acción judicial alguna para recuperar sus ahorros.

 

 En el marco de este trabajo, a comienzos del 2004, conocí a Julián, un hombre de unos treinta y cinco años, analista de sistemas, que vivía con su joven esposa y su pequeño hijo de cuatro años en un departamento de tres ambientes, no muy grande, del barrio de Almagro, en el centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires. Durante uno de nuestros primeros encuentros, sentados en un café de la zona, Julián se deshizo en elogios respecto al barrio: allí, decía, tenía muchas facilidades de transporte público, escuelas, hospitales, negocios, en fin, todo lo indispensable. “Es un típico barrio de clase media”, acotó exultante. De repente, ingresaron al café dos chicos muy sucios y harapientos, yendo mesa por mesa para pedir unas monedas, hasta que uno de los mozos los echó. “Este es el problema del barrio”, confesó Julián, afligido, “hay partes que son deplorables, con mucha pobreza, que no podés andar a la noche, y que de día tenés que cuidarte muchísimo”. Y agregó: “Por eso nos queremos ir de acá, a una zona más linda, más tranquila”. A la pregunta de si estaba seguro de que los chicos eran del barrio, contestó afirmativamente, aunque enseguida agregó: “Mirá, no sé, pero en otros lados no los dejan entrar a los cafés”. Tiempo después finalizábamos una conversación en su hogar, cuando empezaron a llegar algunos de sus amigos con los que una vez por semana jugaba al fútbol en unas canchas cubiertas cercanas. Una semana después volvimos a encontrarnos, pero en un café próximo a la oficina céntrica en la que trabajaba, porque debía encontrarse con algunos de sus amigos del trabajo en un pub de la zona de Retiro. “¡Hoy hay happy hour!”, me dijo, aunque en realidad parecía estar asombrado de que yo no lo hubiese recordado. Imaginaba que aquellos con quienes se encontraría serían algunos de quienes habíamos conocido en su casa, con quienes jugaba al fútbol, pero pronto se encargó de aclarar que no, que estos eran sus amigos de la oficina, que ellos nunca habían ido a su casa, y que siempre se encontraban en algún lugar de la ciudad próximo a donde la mayoría de ellos (no él) vivían: la zona norte.

 

Cuando nosotros queremos pasear con mi esposa y mi hijito, hacemos lo mismo, nos vamos a Puerto Madero, a Recoleta, a la Avenida Santa Fé, a Cabildo, incluso a veces nos vamos a San Isidro. Y si no, nos vamos a un shopping. ¿De lo contrario, dónde vas a ir? Cuando podamos, nos vamos a ir a vivir por alguna de esas zonas, estoy juntando la plata. 

 

Unos meses después, uno de sus compañeros de trabajo con el que yo también había establecido contacto, me dijo, un poco preocupado:

 

Pobre Julián, él se muere por salir de ese barrio donde vive, ojalá lo logre pronto. Uno tiene que tratar de estar en un lugar lindo, donde se sienta cómodo, seguro, donde haya gente como vos. Imaginate, vos salís a caminar por Callao y Santa Fé, y te sentís entre los tuyos. Julián tiene que mudarse a un barrio de clase media, pero él, mala suerte, tiene mucha gente pobre por todos lados. Encima, todavía no pudo comprarse el auto (mi énfasis).

 

¿Quién vivía, realmente, en un barrio de clase media: Julián o su amigo? Alguno de los dos debía estar equivocado. Y si era así, ¿por qué afirmaban formar parte de una clase distinta a la que realmente pertenecían? Si lo que pretendemos es determinar quién de los dos estaba errado, sería  imperiosa la mediación de un árbitro capaz de evaluar qué personas y lugares representan auténticamente a la clase media. Claro que para esto, debiéramos suponer que las creencias sólo pueden leerse como formas del engaño o ilusión. Quienes han adherido a las definiciones corrientes de la clase media, han pretendido solucionar estas dificultades distinguiendo diferentes formas de inserción en la clase media, que incluyese tanto a los pobres como a los ricos, a partir de formular subdivisiones internas de la categoría o estratos (clase media alta, media media, media baja). Pero lo que, en general, no advierten los defensores de esta alternativa, es que el esfuerzo por establecer “buenas delimitaciones” frente a las supuestas demarcaciones confusas o incorrectas de los legos, no es otra cosa que prolongar desde la autoridad del experto los mismos métodos clasificatorios corrientes utilizados en la vida cotidiana. En tanto expertos, los autores de los trabajos sobre la clase media en la Argentina, como los legos que son sus sujetos de estudio, ya saben qué es la clase media y, por lo tanto, no se sorprenden por la diversidad de su composición. Los que los expertos hacen es rectificar las delimitaciones de los legos, en nombre de una objetividad sustentada en su autoridad. Pero en lugar de reparar las identificaciones que los propios actores se atribuyen en procura de satisfacer los criterios de clasificación predeterminados por el investigador, un programa de investigación propiamente antropológico debiera primero interrogarse por qué sectores tan diversos apelan a una misma categoría de adscripción, y, segundo, problematizar las delimitaciones que establecen los actores, atendiendo especialmente a los mínimos matices que hacen que una categoría se multiplique en diversas variantes.

 

Consideremos una cuestión más. Julián no parecía tener dudas de “vivir en un barrio de clase media” y, por extensión, ser él mismo, como su familia y sus amigos, “de clase media” cuando yo (un investigador que se presentaba como un “académico”) o sus amigos con quienes jugaba al fútbol éramos sus interlocutores. No obstante, él percibía que el barrio veía amenazada su condición de “clase media” cuando se lamentaba de la pobreza y la mendicidad que campeaban en algunas zonas. Por esa razón, para evitar que su identidad de clase media se manchase, disfrutaba de otras partes de la ciudad no contaminadas, mientras soñaba con una mudanza futura. Finalmente, cuando sus compañeros de trabajo eran sus interlocutores, evitaba mencionarles dónde vivía y, por supuesto, jamás se encontraba con ellos en su hogar. No era su condición de clase media lo que estaba en duda para él, pero el hecho de adoptar esa condición le presentaba la dificultad adicional de sostenerla ante distintos interlocutores. Es decir, Julián debía satisfacer las exigencias a las cuales se había comprometido si aspiraba a que su imagen fuese considerada aceptable para otros que se asumían como “clase media”. En suma, y en un sentido muy próximo al análisis dramatúrgico (Goffman, 1971), cumplir con las expectativas de ser de clase media representaba un esfuerzo permanente por diseñar una imagen plausible para sí mismo y para otros.

 

Por un lado, esto revela la fragilidad de las situaciones sociales, y las tareas de construcción cotidiana en las cuales estamos inmersos para constituirlas y mantenerlas. Por el otro, también muestra que la construcción de una imagen satisfactoria no puede ser satisfecha de cualquier modo, sino que está constreñida por los modos socialmente establecidos y aceptados. Bajo ciertas condiciones, Julián era reconocido como “clase media”: su barrio, sus capacidades profesionales, la localización de su trabajo, parte de sus amigos. Cuando estas condiciones se tornaron inestables (la irrupción de la pobreza en su barrio frente a mí, o la vergüenza por la localización de su hogar frente a sus compañeros de trabajo), él debió acudir a delimitaciones y distinciones aclaratorias (como las zonas de la ciudad por las cuales solía pasear con su familia, los lugares en donde se encontraba con sus compañeros de trabajo, o sus sueños de mudarse a un barrio mejor). A pesar de ello, estos esfuerzos podían no tener la eficacia esperada; al menos frente a algunos de sus compañeros de trabajo, él no satisfacía plenamente los requerimientos de aceptabilidad. Así, para su amigo del trabajo, Julián no era plenamente como ellos, aunque soñaba con serlo. No obstante, él era aceptado porque mostraba empeño por llegar a ser plenamente como los demás.

 

Lo que enseña el caso de Julián es que en lugar de rectificar las identificaciones que los propios actores se atribuyen en procura de complacer principios de clasificación predeterminados, resulta más apropiado centrarse en la diversidad y la vaguedad de las clasificaciones, vistas como cualidades inherentes al objeto mismo. Desde esta perspectiva, lo que nos interesa es cómo operan las delimitaciones sociales, cómo producen agrupaciones y separaciones, y cómo implican una evaluación moral acerca del lugar donde vivimos, dónde citamos a nuestros amigos, por dónde paseamos. Y lo que es más importante aún, lo que hagamos, con quién y dónde deben constituirse en signos públicos, pues serán utilizados contextualmente para evaluarnos, así como para evaluar a otros. De tal modo, por esta vía el problema de las clases en general (y de la clase media en particular) es derivado a dos tópicos clásicos de la antropología social: las clasificaciones y la moralidad.

 

Enfoques

 

Retomando las conclusiones del apartado anterior, la heterogeneidad de las condiciones económicas, capacidad de negociación en el mercado, niveles y estilos de vida, orientaciones del consumo e identidades de los sectores que componen la llamada “clase media” ha sido la principal dificultad con la que los especialistas se han topado; por dicha razón, los estudios sobre el sistema de clases en el capitalismo debieron afrontar el problema de cómo explicar la existencia de un vasto segmento conformado, básicamente, por comerciantes, profesionales y burócratas, indistintamente propietarios o asalariados. Tradicionalmente, estas dificultades han sido resueltas apelando a una noción objetiva y universal de “clase media”, la cual homogeneizaba sus variaciones empíricas merced a criterios seleccionados por el investigador, tales como el nivel de ingreso, la ocupación o el nivel educativo. Esto no puede evitar la pregunta acerca de cómo es posible que sectores muy diversos puedan ser unificados bajo una misma categoría, al mismo tiempo que cómo dar cuenta de la heterogeneidad histórica, social y cultural de dichos sectores. Al contrario de esta tendencia que insiste en tratar la heterogeneidad interna y la vaguedad e imprecisión de la categoría de “clase media” como molestias a ser corregidas, lo que trato de sostener aquí es que debiéramos partir justamente de aquellas, como ya lo sugería Raymond Aron (1965), si lo que pretendemos es entender su modo práctico de existencia. Si aceptamos la diversidad ya apuntada como constitutiva del objeto, entonces la problemática de investigación debería reorientarse hacia cómo los actores se identifican, obtienen reconocimiento, o llegan a ser “clase media”. En otros términos, el programa que sugiero consistiría en estudiar la relación existente entre diferentes condiciones, niveles y estilos de vida, y los modos efectivos a los que apelan los actores para identificarse y reconocerse, modos a los que dotan de particulares contenidos a través de sus prácticas, experiencias e interpretaciones (Liechty, 2002; O’Dougherty, 2002). El propósito principal consistiría, pues, en aprehender las formas diversas en que los actores practican y definen su modo de pertenencia a la clase media.

 

Este objetivo reproduce casi en su totalidad la proposición de Philip Nicholas Furbank, según la cual lo que estudiamos en realidad son las formas en que las personas empleas hoy y en el pasado las categorías sociales, tanto para referirse a sí mismas como a los otros (Furbank, 2005:96). El uso de “la clase” como un instrumento analítico atemporal, universal y objetivo carece de sentido, a menos que nos detengamos en “la clase” como un modo específico de hablar en torno a las diferencias, distinciones y desigualdades sociales, surgido en un determinado momento histórico y bajo específicas condiciones sociales. Estas distinciones pueden ser expresadas a través de prohibiciones normativas como los tabúes, prácticas y actitudes culturales, y más usualmente a través de las demostraciones de simpatía y aversión (Lamont y Fournier, 1992; Lamont y Molnar, 2002). Furbank sugiere, de un modo próximo al pensamiento antropológico, que el acto de categorizar mediante “clases” sólo puede ser entendido en términos de perspectivas nativas; por ende, el uso de un concepto de clase acuñado en una teoría universalista y pretendidamente objetiva sólo puede conseguir impedir conocer, precisamente, los modos nativos de categorización.

 

Ahora bien, si los conceptos de clase generados por los expertos también son considerados como productos sociales, entonces debieran estar sometidos a los mismos principios que rigen las categorizaciones profanas. En efecto, estos conceptos han sido difundidos, apropiados y elaborados por diversos canales, han interactuado con las categorizaciones forjadas en la vida cotidiana, y han sido empleados asiduamente como un modo de nominación y adscripción. La investigación empírica tendría que ofrecer precisiones respecto a qué conceptos, provenientes de qué contextos o tradiciones teóricas e intelectuales, han influido en las categorizaciones prácticas, cómo lo han hecho, y cuáles son sus consecuencias principales, entre las cuales está la imposición de un orden a los conjuntos sociales, al mismo tiempo que su creación19.

 

Furbank (2005:33) también señala que la apelación a la clase tiene como propósito realizar un juicio moral, puesto que en la medida que se identifica a alguien como perteneciente a tal o cual clase, se lo está ubicando en una posición de superioridad, igualdad o inferioridad respecto a quien emite el juicio. Como es ostensible en el ejemplo de Julián, las categorizaciones constituyen evaluaciones morales, es decir, apelaciones a valores en torno a lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo decente y lo impúdico, lo adecuado y lo inadecuado, el buen gusto y el mal gusto, lo apropiado y lo inapropiado. El caso de Julián muestra que son evaluados moralmente lugares o localizaciones espaciales (como barrios o zonas urbanas, y ámbitos específicos de circulación y consumo, lo cual puede incluir desde los gustos a la hora de comprar ropa, las orientaciones culinarios, o las apreciaciones artísticas), así como las apariencias físicas personales, la vestimenta, o los modos de hablar, que habitualmente son tipificados en términos étnicos y aún raciales.

 

Si los aportes de Furbank son esenciales a los efectos de desnaturalizar y relativizar la noción de clase social, son por otra parte insuficientes para conformar, por sí solos, un proyecto antropológico social. Para completar el plan de mostrar cómo los objetos tenidos por naturales son realmente fabricaciones humanas, la antropología social debe revelar los procesos a través de los cuales los objetos devienen en sociales. La principal vía para escapar de los enfoques que conciben a las clases como entidades “ya dadas” (por ejemplo, aquéllos que intentan correlacionar categorías construidas mediante indicadores ocupacionales, rentísticos, tributarios o educativos, con los comportamientos de los grupos empíricos), la proporcionan las teorías procesuales y constructivistas. Estos enfoques sugieren que las clases sociales –como la vida colectiva toda– no son el mero resultado o efecto causal de estructuras determinantes, sino un proceso continuo de formación y transformación. La teoría de la práctica de Pierre Bourdieu representa un esfuerzo en ese sentido. Potenciar el enfoque que estoy propiciando a través de la alianza entre Furbank y Bourdieu puede parecer, en primera instancia, una empresa infructuosa. A diferencia de Furbank, Bourdieu nunca abogó por un abandono del rol analítico de la noción de clase social; por el contrario, su esfuerzo radicó en intentar resolver las aporías a las que llevaban las formulaciones clásicas, especialmente en su versión marxista (Bourdieu, 1990). Bourdieu sostenía que el modo de resolver la relación entre categorías analíticas y comportamientos empíricamente observables consistía en pensar cómo lo objetivo se transformaba en subjetivo. En lugar de suponer una relación mecánica entre las posiciones que los agentes ocupan en el sistema productivo o el mercado, sus ideas e intereses, y sus acciones, Bourdieu sugirió que lo objetivo se convertía en subjetivo de un modo práctico, y en gran parte inconciente. Por ello propuso el conocido concepto de habitus, esquemas generativos de percepción y apreciación aprendidos desde la temprana infancia a través de la socialización primaria, estructurantes de nuevas prácticas (Bourdieu, 1998:169-174).

 

Una notable ilustración de este modelo la encontramos en su obra La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. En ella, Bourdieu estudió la constitución social del gusto. Su preocupación radicó en formular una teoría sociológica del gusto que no redujese el mismo a la determinación de las grandes estructuras, aunque tampoco a la pura subjetividad o individualidad. Bourdieu entendió que era indispensable una teoría del consumo en un sentido amplio (tanto de mercancías producidas para satisfacer la necesidad de comer o vestirse, como de objetos artísticos), que no lo concibiese subordinado a o mero reflejo de la producción. Su propósito fue mostrar que el consumo representaba un lugar necesario en el que se genera y reproduce la desigualdad social. Por ejemplo, entre otras fuentes empíricas Bourdieu analizó datos estadísticos sobre Francia basados en encuestas durante los 1960 y 1970, mostrando la correlación entre las actividades de consumo “cultural” de diferentes estratos diferenciados por rama ocupacional, los capitales escolares y culturales, y la concurrencia a conciertos de música llamada “clásica”, museos, o la valoración de determinados artistas célebres. Bourdieu extendió estos actos al consumo de ciertas comidas y bebidas, la decoración del hogar, la moda, la diversión y el ocio, nutrientes de específicos estilos de vida. En suma, al describir las posiciones de los agentes en el espacio social, el investigador podía postular probables tendencias prácticas (por caso, la conformación de ciertos grupos de acción, o determinadas orientaciones de consumo), pero en sentido estricto, las clases están continuamente constituyéndose como tales a través de los actos de consumo y las apreciaciones que realizan respecto a los mismos, merced a la actualización de los habitus incorporados. En este proceso, los individuos ponen en continua práctica sistemas clasificatorios que demarcan fronteras y ordenan jerarquías, cuyo objetivo primordial es establecer diferencias o distinciones (Bourdieu, 1998)20.

 

Como señalamos al comienzo, lo que resulta atractivo de la propuesta de Bourdieu es su insistencia por una perspectiva menos determinista y mecánica, y sí más inclinada a estudiar las manifestaciones simbólicas y la actividad misma de los conjuntos sociales. Es cierto que Bourdieu no ayudó demasiado a que esto fuese más claro, dado que en muchas oportunidades homologa ciertas características objetivas (niveles de ingreso, ocupación, niveles de escolarización, etc.) con la clase social; e incluso apela frecuentemente a categorías tales como “clase media”, “pequeño burguesía”, etc. como si estas estuviesen “dadas”, ” a la mano”. Debemos notar que Bourdieu concebía como punto de partida las posiciones objetivas de los agentes en el espacio social, los condicionamientos que los ubican independientemente de su voluntad, en función de su relación con los medios de producción, así como sus niveles de ingresos y posibilidades de consumo. Como muestra Bourdieu, esta determinación es compleja, y se desarrolla en su mayor parte como gusto estético o apreciación moral, los cuales cristalizan en estilos de vida específicos. No obstante, es imprescindible destacar que los niveles de correspondencia que Bourdieu halló entre determinadas posiciones, ocupaciones y estilos de vida son ellos mismos producto de la sedimentación de procesos históricos. Si esto no se aclara, posiblemente corramos el riesgo de reproducir la vieja perspectiva que pretende inferir una diversidad de estilos de vida a partir de un número limitado de niveles de ingreso o gasto.

 

En el caso particular de los estudios sobre la clase media, quiero finalmente mencionar algunos trabajos etnográficos e históricos que constituyen buenas ejemplos de la orientación que estoy sugiriendo. El primero de ellos es Suitably Modern: Making Middle-Class Culture in a New Consumer Society,del antropólogo norteamericano Mark Liechty. En esta etnografía publicada en el 2002, Liechty estudió la emergencia de una nueva clase media en Katmandú, la capital y ciudad más grande de Nepal. Liechty describió los contextos culturales y los procesos históricos que han posibilitado la mencionada emergencia, así como las prácticas que forman la vida de la clase media urbana contemporánea. Significativamente, Liechty mostró que la casta, el parentesco y la etnicidad siguen modelando la experiencia sociocultural en Katmandú, pero que la categoría de “clase” se ha convertido en el marco de estructuración principal de la experiencia cotidiana. Esta es la razón por la cual Liechty llama a la sociedad nepalesa una sociedad de clases, y su cometido es abordar las peculiaridades locales de la clase media, estudiando los procesos culturales que conforman las diferentes formas de consumo (entre ellas, el de medios masivos) y la producción de lo que llama una “cultura juvenil”. Liechty mostró que en el caso de Katmandú, el floreciente consumo local y el creciente poder del imaginario popular atravesado por los medios masivos, podían entenderse mejor dentro del contexto de y constituyendo la vida de la clase media. En suma, la gestación de una “cultura” del consumo, la expansión y el poder de los medios y la difusión de una “cultura juvenil” no son efectos de la formación de la clase media, sino las vías de su constitución (Liechty, 2002).

 

En Consumption Intensified: The Politics of Middle Class Daily Life in Brazil, la antropóloga norteamericana Maureen O’Dougherty, llevó adelante una etnografía de la clase media en Sao Paulo, Brasil. La misma está basada en un trabajo de campo realizado entre 1993 y 1994 con 24 familias (aproximadamente 50 adultos entre 35 y 55 años), la mayoría descendientes de europeos y japoneses, y provenientes de profesiones liberales, que vivían en barrios remozados de la ciudad. Cuando O’Dougherty llevó a cabo su trabajo de campo, Brasil había apenas dejado atrás una aguda crisis económica en los años 1980, e iniciaba a comienzos de los 1990 (como otras naciones latinoamericanas) el proceso que lo llevaría a la inmersión en la globalización. A partir de estas realidades, O’Dougherty estudió los esfuerzos cotidianos que llevaban a cabo las personas de la clase media para administrar, mantener y producir su identidad de clase en un contexto de inestabilidad laboral permanente y alta inflación. En relación con la identidad de clase media, O’Dougherty prestó especial atención a los modos de autodefinición y a las delimitaciones respecto a otros sectores. Su propósito fue ver estas identificaciones en relación con los medios masivos, por un lado (ya que los medios difundían imágenes acerca de qué debía entenderse por “clase media”), y en su uso en las prácticas cotidianas, por el otro. Precisamente, O’Dougherty observó la importancia que la gente le dedicaba a las diferenciaciones tanto externas como internas. Para comprender estos procedimientos de distinción, la autora analizó el papel del consumo y registró la importancia central que adquirían algunos bienes de consumo en las autodefiniciones: el auto y la casa propia, un empleo bueno y estable, una muy buena educación para los hijos (la cual sólo podía ser privada) y viajar al exterior. La crisis económica de los años 1980 amenazó seriamente la preservación de estos consumos, que se habían constituido en bases materiales y simbólicas de la clase media. Por eso, los años 1990 fueron testigos de una intensificación de estos consumos ligados a la globalización, que fueron explicados por sus protagonistas mediante un discurso en el que se consideraban moral y culturalmente superiores a los “nuevos ricos” (y su “materialismo frívolo”) y a los pobres y negros migrantes del Nordeste. A través de la adopción de una “cultura modernizadora” como consecuencia de la participación en consumos globalizados, estos sectores reforzaron simultáneamente su lugar en las jerarquías locales mediante su diferenciación. Al igual que Liechty, la preocupación de O’Dougherty fue mostrar los modos específicamente locales del consumo globalizado, y cómo éstos reforzaban las distinciones de clase por medio de dispositivos sociales y simbólicos. Al mismo tiempo, ella mostró la importancia que los sueños, deseos y aspiraciones, en tanto imágenes del pasado y expectativas futuras, jugaban en las definiciones identitarias de la clase media, así como sus distinciones morales (O’Dougherty, 2002).

 

Finalmente, The Idea of the Middle Class. White-Collar Workers and Peruvian Society, 1900–1950, del historiador canadiense David S. Parker, constituye un notable estudio de la formación de la clase media en Lima, Perú, durante la primera mitad del siglo XX. Parker apeló en esta obra al enfoque del historiador inglés Edward Palmer Thompson sobre la clase social, para estudiar a la clase media como un proceso de constitución nunca concluido, en el que las experiencias de los agentes son un aspecto crucial. Por ello, Parker privilegió el estudio de los modos en que la gente se pensaba a sí misma dentro de determinadas jerarquías sociales, y apelando a sus conocimientos y tradiciones, trazando fronteras identitarias respecto a otros conjuntos sociales. Así, en su análisis de la etapa temprana de formación en los dos primeros decenios del siglo XX, Parker describió cómo los empleados de comercio y bancarios se identificaban a sí mismos como “gente decente”, pese a que sus experiencias de vida no eran demasiado distintas a la de aquellos que eran catalogados como “gente del pueblo” y de quienes pretendían diferenciarse. Lo que Parker mostró es que merced a la apelación a esta distinción (que tuvo una gran difusión y profundo arraigo en la sociedad limeña de comienzos del siglo XX), los empleados pudieron gestar una identidad y una unidad de acción política, que emergió en coyunturas especiales como una huelga de empleados en 1919, o que propulsó la promulgación legislativa de la Ley del Empleado en 1924 (Parker, 1998).

 

En suma, los enfoques de Furbank y Bourdieu, junto a investigaciones como las de Liechty, O’Dougherty y Parker representan, con sus diferencias, propuestas efectivas para orientar la investigación sobre la clase media en la Argentina a sus procesos de constitución, lo cual implicará el examen etnográfico e histórico de sus prácticas cotidianas de autoidentificación y distinción.

 

Conclusiones: una agenda antropológica para los estudios sobre la clase media en la Argentina

 

En primer lugar, en este trabajo me propuse exponer la diferencia entre la tradición de estudios sociológicos sobre la clase media en la Argentina, y lo que llamo una aproximación constructivista y procesual, sustentada en un abordaje propiamente etnográfico. Aún reconociendo la importancia de los estudios realizados desde mediados del siglo XX hasta el presente por la sociología académica, los mismos presentan como dificultad el hecho de predefinir a la clase media a través de criterios de autoridad expertos a los que se le atribuye un valor objetivo. En su lugar, los estudios que llamo “antropológicos” (aunque sin duda también debieran incluirse otros, como una historiografía atenta a las experiencias y significados de los agentes) se preguntan (o debieran hacerlo) por las condiciones sociales y culturales que hacen que ciertos conjuntos sociales sean adscriptos (o no) como clase media, y al hacerlo, se constituyan como tales.

 

En segundo lugar, sostuve que un abordaje propiamente antropológico debe problematizar la categoría misma de “clase media”, de los límites que los expertos establecen para demarcarla, con el fin de reubicarla como una construcción social, resultado de particulares procesos de producción cultural e histórica. Como señalé oportunamente, los estudios antropológicos sobre la clase media son relativamente nuevos en las academias de los Estados Unidos y Europa Occidental, y en la Argentina sólo recientemente se ha desarrollado un campo específico de interés. El diseño de un área específica de estudios exige, entonces, tratar las intervenciones expertas como productos históricos y sociales, como formas de delimitación cultural que pueden compartir semejantes presupuestos con los legos. En tal sentido, las perspectivas expertas prologan mediante su autoridad los diferentes sistemas clasificatorios vigentes y los principios que los regulan.

 

Es probable que en la Argentina, una visión procesual y constructivista de la clase media (y por ende, de las clases sociales) sea equiparada al idealismo y al subjetivismo, incluso por parte de muchos antropólogos. El desarrollo de una defensa de la posición que estoy presentando demandaría plantear discusiones teóricas y epistemológicas acerca de la índole de lo social, que por su extensión y complejidad resulta imposible desarrollar aquí. Por el momento, diría simplemente que está claro que no se trata de desatender aspectos tales como la diversidad ocupacional o los niveles de ingreso, empleo, educación o consumo. Estos datos son imprescindibles si se quiere entender, por ejemplo, cuáles son las condiciones que hacen posibles determinados consumos. No obstante, la identificación de estas propiedades no permite explicar las acciones específicas de los actores concretos, el por qué determinados consumos y no otros. Para entender esto, es necesario relevar el consumo en su contexto, observar qué sentido adquiere la adquisición y uso de un bien o servicio desde el punto de vista nativo, cómo el consumo se vincula con las pretensiones de demarcación de la identidad y la valorización de una moralidad (Miller, 1999).

 

Buena parte de los estudios realizados en América Latina sobre la clase media han partido de resultados de investigación basados en las realidades sociales de Estados Unidos y Europa Occidental, convirtiendo así procesos nacionales y regionales en universales. Está claro que existen condiciones generales comunes a todas las sociedades capitalistas, pero la cuestión a responder es cómo entendemos los modos locales en que dichas condiciones se especifican, a escala nacional o regional. Como en muchos otros campos, los abordajes antropológicos han permitido entender las lógicas globales en términos locales, enfatizando en las peculiaridades de los contextos. Del mismo modo, lo que llamamos “clases sociales” (y la clase media en particular) debiera ser entendida como un genuino producto histórico que no reproduce meramente las lógicas del capitalismo global, sino que continuamente se recrea bajo condiciones sociales y culturales específicas, lo cual supone un proceso de construcción continuo en el que las condiciones recibidas del pasado son actualizadas en los contextos presentes.

 

Llegado a este punto, el programa sugerido se pregunta por la especificidad de la clase media en la Argentina de un modo especial. En primer término, el programa se propone saber qué tipos particulares de agencia social genera la apelación a la clase media en la Argentina; segundo, a través de qué modos se apela a la clase media. La clase media (como toda agencia social que adopta el lenguaje de las clases) es el resultado de operaciones cognitivas de delimitación, distinción y clasificación sustentadas culturalmente. Este sustento cultural se estructura en base a modelos, estereotipos y narrativas. Conocer este proceso de constitución demanda estudiar las maneras concretas y cambiantes en que los actores apelan cotidianamente a estos modelos, estereotipos y narrativas para representarse sus lugares (las posiciones en una jerarquía). En la Argentina, poco se ha dicho respecto a cómo la delimitación de la clase media se basa no sólo en una moralidad del consumo, sino también en principios de distinción sustentados en diferencias de color y apariencia. En la Argentina, el color de la clase media es el blanco, a tal punto que puede convertirse en decisivo a la hora de incluir o excluir individuos, barrios, cuerpos, vestimentas, comidas y bebidas, música, deportes o programas de televisión. Sin embargo, los estudios sobre clases sociales y sobre etnicidad y nacionalidad han seguido, hasta ahora, caminos divergentes, aunque existen excepciones, tales como la etnografía de Tevik (2007) sobre los profesionales porteños, y el estudio del historiador Enrique Garguin (2006) sobre las apelaciones raciales en los relatos de origen de la clase media entre 1920 y 1960. En suma, como sólo pueden llegar a ser “clase media” a través de las categorías a las que apelan para adscribirse y adscribir a otros, las investigaciones deben estudiar estas prácticas de categorización en sus respectivos contextos sociales, sin perder de vista que investigar la “clase media” como una gramática -un modo de categorización social que consagra una jerarquía moral-, equivale simultáneamente a investigar sobre las formas sociales y simbólicas de organizar la desigualdad social.

 

Notas

 

1 Este modo de conceptualización del objeto disciplinario no coincidió con el de otras antropologías nacionales que también encontraron sus poblaciones-objeto como resultado del colonialismo interno. En la Argentina metropolitana, la intelectualidad invocaba la noción de “ciudadanía”, un concepto sustancialmente político en el que se diluían las diferencias basadas en la lengua o la etnía, como el modo de adscripción plena a la nación. A ello habían contribuido los protagonistas de la Organización Nacional plasmada hacia 1880, modeladores de una nación cimentada en la homogeneidad, la igualdad de derechos y obligaciones -educativos, jurídicos y, más tarde, políticos- y la absorción de grandes masas migratorias predominantemente europeas para “poblar el Desierto”, las tierras conquistadas a los indígenas (Botana, 1984; Gallo y Cortes Conde, 1987; Halperín Donghi, 1987).

 

2 Pese a que el trabajo adolece de varias debilidades teóricas y metodológicas, una descripción etnográfica inclinada a la generalización y un escaso trabajo analítico sobre los estereotipos de clase, es también  un precedente de los trabajos contemporáneos, porque estudia las adscripciones nativas en torno a sus formas de delimitación y jerarquización. Aunque no siempre resulta sencillo saber cuándo es Reina quien establece las distinciones, delimitaciones o estratificaciones, y cuándo son formuladas por sus informantes, lo cierto es que se trata de una investigación para la cual estudiar la clase media suponía examinar la interacción de los diferentes sectores sociales entre sí, las formas de establecer fronteras entre ellos (como casos de clasificación cultural), expresadas en la residencia, la moda o la etiqueta (Reina, 1973).

 

3 Aunque en rigor, la hostilidad hacia disciplinas y enfoques acusadas de “subversivas” puede situarse antes, a partir de la asunción del médico de origen croata Oscar Ivanissevich como Ministro de Educación del gobierno de Juan Domingo Perón, y de Alberto Ottalagano, ex rector de la Universidad de Buenos Aires, ambos reconocidos fascistas, en 1974. También debe considerarse el accionar de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), grupo paramilitar de ultraderecha liderado por el ministro de Bienestar Social de Perón, José López Rega.

 

4 La excepción fue la Universidad Nacional de Misiones, donde un grupo liderado por Bartolomé pudo sostenerla, a pesar de la abierta animosidad manifestada por el régimen, y por los propios ámbitos universitarios nacionales (Guber, 2002: 10-11).

 

5 Durante la transición, el Folklore se mostró como un terreno propicio para desarrollar estudios más próximos a lo que, tal vez, podía ser identificado como una “antropología social”, ya que la etnología local estaba fuertemente asociada con poblaciones indígenas y perspectivas fenomenológicas y difusionistas que, además, habían prevalecido durante los tiempos de la última dictadura militar. Un ejemplo de estas posibilidades que ofrecía el Folklore es la tesis de grado de Guber (1984) sobre la identidad étnica de los inmigrantes judíos ashkenazim en la Argentina.

 

6 En la Universidad de Buenos Aires, a comienzos de los años 1980, Alejandra Siffredi incluía en sus planes de estudio sobre Etnología Americana varias etnografías de la tradición norteamericana, mientras que Edgardo Cordeu ofrecía en su curso sobre teoría etnológica un recorrido de los clásicos de la antropología de todas las tradiciones nacionales metropolitanas. Por su parte, en la Escuela de Antropología e Historia de la Universidad Nacional de Rosario, Héctor Vázquez contribuía a la difusión de Lévi-Strauss.

 

7 Influencias como las de Claude Lévi-Strauss estaban más ligadas a quienes estudiaban poblaciones indígenas del Chaco y la Patagonia, en tanto que era desestimado por la mayoría, que veía en su pensamiento una desviación de los principios dialécticos del marxismo; mientras, Clifford Geertz aún no contaba con el grado de difusión que alcanzaría en la década de los 1990. Pierre Bourdieu era conocido (y criticado) por su libro con Jean-Claude Passeron  “La Reproducción” (editado en Barcelona por Laia en 1977), e invocado profusamente por “El oficio de sociólogo; presupuestos epistemológicos” (y la célebre “ruptura epistemológica), también junto a Passeron, además de Jean-Claude Chamboredon; Anthony Giddens, con sus “Nuevas reglas del método sociológico” editadas por Amorrortu en 1987 aparecía como una posible conciliación entre los puntos de vista macro y micro social, y objetivista y subjetivista .

 

8 Aunque con la peculiaridad de haber sido apropiadas, en su mayor parte, dentro de un marco crítico que las reducía al papel de productos sesgados por condiciones históricas, sociales, económicas y políticas específicas. Tal como puede advertirse en la formulación del “modelo antropológico clásico” de Eduardo Menéndez (Guber, 2008:85), la diversidad de tradiciones antropológicas quedaba subsumida en un modelo ideológico “colonialista y empirista”, funcional a la dominación. En los años 1980, predominaron los estudios orientados a estudiar fenómenos de dominación y resistencia, desde perspectivas centradas en torno a la hegemonía y la subalternidad, inspiradas en Antonio Gramsci, y retomadas por la historiografía marxista inglesa de Edward Thompson, o por los Cultural Studies de Raymond Williams o Stuart Hall.

 

9 La antropología urbana se constituyó inicialmente a partir de los equipos liderados por Esther Hermitte y centrados en la investigación etnográfica de los residentes de villas miseria. En la segunda mitad de los 1980 y bajo la conducción de Carlos Herrán en el Departamento de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires, iniciaron sus trabajos Rosana Guber, Ariel Gravano y Mónica Lacarrieu, entre otros. En la misma institución, el área de la antropología rural fue iniciada en aquellos años por Hugo Ratier.

 

10 En Buenos Aires, la antropóloga mexicana Elsie Rockwell fue una influencia central en la antropología de la educación de los años 1980, mientras que la antropología médica se constituyó bajo la guía y la inspiración del antropólogo argentino-mexicano Eduardo Menéndez.

 

11 También, el interés por la conformación de identidades sociales promovidas por la vida urbana, tal como la generada en los barrios, llevó a la inclusión en las poblaciones objeto de las investigaciones de actores adscriptos como “vecinos”, una amplia gama de ellos asociados con lo que tradicionalmente se ha llamado “capas medias” (Gravano, 1989 y 1991).

 

12 En el flamante Boletín del Instituto de Sociología fue creada una sección denominada “Datos sobre la realidad social argentina contemporánea”, dirigida por el mismo Germani, en la que se presentaba información estadística sobre la economía, la demografía, y los niveles de escolarización e instrucción de la población. (Blanco 2003, 48-49).

 

13 Sergio Bagú, historiador y sociólogo, consideraba imprescindible explicar las realidades locales en términos de sus nexos globales, atendiendo especialmente a las relaciones de dominación y dependencia entre los centros y las periferias.

 

14 Alfredo Poviña se había convertido a comienzos de los años 1950 en la figura central de la sociología local, tras la renuncia del historiador Ricardo Levene (1885-1959) a la dirección del Instituto de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1947, y su ascenso a la cátedra de sociología en la misma universidad cuando su titular, el abogado Raúl Orgaz (1888-1948), fue separado de sus funciones por la intervención peronista en 1946 (Delich, 1977).

 

15 Las antropólogas Claudia Briones y Marcela Mendoza, junto a un equipo de colaboradores, se ocuparon de mostrar las respuestas de mujeres de clase media urbana a la crisis política del 2001-2002. A partir de observaciones en concentraciones, protestas callejeras, cacerolazos, asambleas barriales y entrevistas a personas catalogadas como “manifestantes de clase media”, y fuentes documentales tales como artículos de diarios, revistas, publicaciones académicas y sitios web, Briones, Mendoza y sus colaboradores pretendieron mostrar las perspectivas femeninas en torno a la propia participación política. Sostuvieron que las asambleas fueron una respuesta a la crisis de la democracia representativa, y a la vez una arena en la que las mujeres pudieron participar por fuera de los partidos políticos y organizaciones financiados con fondos públicos. Autoras y autores conjeturaban que las asambleas, a diferencia de lo que podía suceder con los movimientos de protestas de desocupados, tenían mayor autonomía respecto al estado, ya que no serían cooptados a través de diversos planes de ayuda social. Al igual que sucedió con buena parte de la producción generada al ritmo de los acontecimientos del 2001-2002, el trabajo padeció los efectos del corto plazo. Además, sus presunciones respecto al curso futuro de los acontecimientos  reprodujeron parte de las convicciones de la clase media, tales como su autonomía individual e ideológica frente al estado y los poderes de turno.

 

16 Maristelli Svampa, por ejemplo, diferencia a “los ganadores” del sistema, entre quienes ubica a las élites planificadoras, sectores gerenciales  y profesionales, de “los perdedores”, sectores de la clase media “tradicional” y de servicios que sufrió la precarización laboral y el desprestigio social. Estos últimos, asegura, se convirtieron en un nuevo proletariado (los “nuevos pobres” de Minujin y Kessler). Estos procesos condujeron a una continua diferenciación y fragmentación de las clases medias, pero también de distinción de los “nuevos pobres” v respecto a los “pobres estructurales” (Svampa, 2001 y 2002).

 

17 Tales los casos de las zonas de Puerto Madero (tal vez, el más emblemático), San Telmo, Palermo y Abasto (Carman, 2006; Girola, 2007; Lacarrieu, 2005; Lacarrieu y Thuillier, 2001). Aunque el tratamiento pormenorizado de estos trabajos excede las pretensiones de este artículo, es importante señalar que los mismos han puesto mayor atención en el carácter propiamente local en que se han desarrollado estos procesos globales, destacando los sentidos específicos que se descubren cuando la indagación asume una forma más próxima al trabajo de campo etnográfico, o al menos a la entrevista abierta. Sin embargo, también es importante subrayar que estos autores suelen tratar las significaciones de los actores como una esfera diferenciada de la estructural y, en suma, determinante. Esto lleva a que, en gran media, el programa de investigación esté orientado hacia la detección de la segregación o la exclusión social, oscureciendo la comprensión de los modos culturales en que se producen las adhesiones sociales.

 

18 Un antecedente de problematización de la categoría de “clase social” puede encontrarse en los trabajos de Francis Korn (1978, 1984 ay b).

 

19 En un sentido semejante, pero más cauteloso, que el empleado por Michel Callon (1998:2). No obstante, es imprescindible señalar que no hay problema alguno en que los expertos de la economía, las ciencias sociales o el marketing segmenten a una población, mediante la apelación a determinados indicadores. El problema reside en intentar derivar de esta segmentación comportamientos, actitudes, ideas, valores, etc., procedimiento que, en general, ha sido completamente estéril.

 

20 Explotando estas perspectivas, el antropólogo Jon Tevik de la Universidad de Bergen (Noruega) desarrolló un trabajo de campo en la ciudad de Buenos Aires entre junio del 2001 y agosto del 2002, coincidiendo con la profunda crisis económica y política declarada en aquel entonces. Tevik concentró su investigación en un segmento al que llama “profesional” (por sus estudios universitarios y su inserción en el mercado de trabajo, formado por abogados, ingenieros, arquitectos, contadores, etc.). Tevik partió de los procesos globalizadores para entender cómo se han difundido objetos, gustos, modas y estilos de vida, para conocer las formas particulares de recepción y creación de significados, que transformaron lo global  en algo “propio” y “familiar” mediante peculiares sistemas de clasificación (Tevik, 2007).

Sergio Visacovsky

 

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