“La construcción del objeto” – P. Bourdieu, J-C Chamboredon y J-C Passeron

“El punto de vista -dice Saussure- crea el objeto.” Es decir que una ciencia no podría definirse por un sector de lo real que le correspondería como propio. Como lo señala Marx, “la totalidad concreta, como totalidad del pensamiento, como un concreto del pensamiento es, in fact, un producto del pensamiento y de la concepción […]. El todo, tal como aparece en la mente, como todo del pensamiento, es un producto de la mente que piensa y que se apropia el mundo del único modo posible, modo que difiere de la apropiación de ese mundo en el arte, la religión, el espíritu práctico. El sujeto real mantiene, antes como después, su autonomía fuera de la mente […]“[1] [K. Marx, texto nº 20]. Es el mismo principio epistemológico, instrumento de la ruptura con el realismo ingenuo, que formula Max Weber: “No son -dice Max Weber- las relaciones reales entre «cosas» lo que constituye el principio de delimitación de los diferentes campos científicos sino las relaciones conceptuales entre problemas. Sólo allí donde se aplica un método nuevo a nuevos problemas y donde, por lo tanto, se descubren nuevas perspectivas nace una «ciencia» nueva”[2] [Max Weber, texto nº 21].

Incluso si las ciencias físicas permiten a veces la división en subunidades determinadas, como la selenografía o la oceanografía, por la yuxtaposición de diversas disciplinas referidas a un mismo sector de lo real, es sólo con fines pragmáticos: la investigación científica se organiza de hecho en torno de objetos construidos que no tienen nada en común con aquellas unidades delimitadas por la percepción ingenua. Pueden verse los lazos que atan aún la sociología científica a las categorías de la sociología espontánea en el hecho de que a menudo se dedica a clasificaciones por sectores aparentes, por ejemplo, sociología de la familia, sociología del tiempo libre, sociología rural o urbana, sociología de la juventud o de la vejez. En general, la epistemología empirista concibe las relaciones entre ciencias vecinas, psicología y sociología, por ejemplo, como conflictos de límites, porque se imagina la división científica del trabajo como división real de lo real.

Es posible ver en el principio durkheimiano según el cual “hay que considerar los hechos sociales como cosas” (se debe poner el acento en “considerar como”) el equivalente específico del golpe de estado teórico por el cual Galileo construye el objeto de la física moderna como sistema de relaciones cuantificables, o de la decisión metodológica por la cual Saussure otorga a la lingüística su existencia y objeto distinguiendo la lengua de la palabra: en efecto, es una distinción semejante la que formula Durkheim cuando, explicitando totalmente la significación epistemológica de la regla cardinal de su método, afirma que ninguna de las reglas implícitas que incluyen los sujetos sociales “se encuentra íntegramente en las aplicaciones que de ellas hacen los particulares, ya que incluso pueden estar sin que las apliquen en acto”.[3] El segundo prefacio de Las reglas dice claramente que se trata de precisar una actitud mental y no de asignar al objeto un statusontológico [Émile Durkheim, texto nº 22]. Y si esta suerte de tautología, por la cual la ciencia se construye construyendo su objeto contra el sentido común -siguiendo los principios de construcción que la definen-, no se impone por su sola evidencia, es porque nada se opone más a las evidencias del sentido común que la diferencia entre objeto “real”, preconstruido por la percepción y objeto científico, como sistema de relaciones expresamente construido.[4]

No es posible ahorrar esfuerzos en la tarea de construir el objeto si no se abandona la investigación de esos objetos preconstruidos, hechos sociales demarcados, percibidos y calificados por la sociología espontánea,[5] o “problemas sociales” cuya aspiración a existir como problemas sociológicos es tanto más grande cuanto más realidad social tienen para la comunidad de sociólogos.[6] No basta multiplicar el acoplamiento de criterios tomados de la experiencia común (piénsese en todos esos temas de investigación del tipo “el ocio de los adolescentes de un complejo urbanístico en la zona este de la periferia de París”) para construir un objeto que, producto de una serie de divisiones reales, permanece como un objeto común y no accede a la dignidad de objeto científico justamente porque se somete a la aplicación de técnicas científicas. Sin duda que Allen H. Barton y Paul F. Lazarsfeld tienen razón cuando señalan que expresiones tales como “consumo opulento” o “White-collar crime” construyen objetos específicos que, irreductibles a los objetos comunes, toman en consideración hechos conocidos, los que por el simple efecto de aproximación, adquieren un sentido nuevo;[7] pero la necesidad de construir denominaciones específicas que, aun compuestas con palabras del vocabulario común, construyen nuevos objetos al establecer nuevas relaciones entre los aspectos de las cosas no es más que un indicio del primer grado de la ruptura epistemológica con los objetos preconstruidos de la sociología espontánea. En efecto, los conceptos que pueden superar a las nociones comunes no conservan aisladamente el poder de resistir sistemáticamente a la implacable lógica de la ideología: al rigor analítico y formal de los conceptos llamados “operatorios” se opone el rigor sintético y real de los conceptos que se han llamado “sistemáticos” porque su utilización supone la referencia permanente al sistema total de sus interrelaciones.[8] Un objeto de investigación, por más parcial y parcelario que sea, no puede ser definido y construido sino en función de una problemática teórica que permita someter a un sistemático examen todos los aspectos de la realidad puestos en relación por los problemas que le son planteados.

II-1. “Las abdicaciones del empirismo”

En la actualidad se coincide demasiado fácilmente con toda la reflexión tradicional sobre la ciencia, en el sentido de que no hay observación o experimentación que no impliquen hipótesis. La definición del proceso científico como diálogo entre hipótesis y experiencia, sin embargo, puede rebajarse a la imagen antropomórfica de un intercambio en que los dos socios asumirían roles perfectamente simétricos e intercambiables; pero no hay que olvidar que lo real no tiene nunca la iniciativa puesto que sólo puede responder si se lo interroga. Bachelard sostenía, en otros términos, que el “vector epistemológico […] va de lo racional a lo real y no a la inversa, de la realidad a lo general, como lo profesaban todos los filósofos desde Aristóteles hasta Bacon” [Gaston Bachelard, texto nº 23].

Si hay que recordar que “la teoría domina al trabajo experimental desde la misma concepción de partida hasta las últimas manipulaciones de laboratorio”,[9] o aún más que “sin teoría no es posible ajustar ningún instrumento ni interpretar una sola lectura”[10] es porque la representación de la experiencia como protocolo de una comprobación libre de toda implicación teórica deja traslucir en miles de indicios, por ejemplo en la convicción, todavía muy extendida, de que existen hechos que podrían trascender tal como son a la teoría para la cual y por la cual fueron creados. Sin embargo, el desafortunado destino de la noción de totemismo (que Levi-Strauss compara al de histeria) bastaría para destruir la creencia en la inmortalidad científica de los hechos: una vez abandonada la teoría que los unía, los hechos del totemismo vuelven a su estado de datos de donde una teoría los había sacado por un tiempo y de donde otra teoría no podrá sacarlos más que confiriéndoles otro sentido.[11]

Basta haber intentado una vez someter al análisis secundario un material recogido en función de otra problemática, por aparentemente neutral que se muestre, para saber que los data más ricos no podrían nunca responder completa y adecuadamente a los interrogantes para los cuales y por los cuales no han sido construidos. No se trata de impugnar por principio la validez de la utilización de un material de segunda mano sino de recordar las condiciones epistemológicas de ese trabajo de retraducción, que se refiere siempre a hechos construidos (bien o mal) y no a datos. Tal trabajo de interpretación, del cual Durkheim dio ya el ejemplo en El suicidio, podría constituir la mejor incitación a la vigilancia epistemológica en la medida en que exige una explicitación metódica de las problemáticas y principios de construcción del objeto que están comprendidos tanto en el material como en el nuevo tratamiento que se le aplica. Los que esperan milagros de la tríada mítica, archivosdata y computers desconocen lo que separa a esos objetos preconstruidos llamados hechos científicos (recogidos por el cuestionario o por el inventario etnográfico) de los objetos reales que conservan los museos y que, por su “excedente concreto”, ofrecen a la indagación posterior la posibilidad de construcciones indefinidamente renovadas. Al no tener en cuenta esos preliminares epistemológicos, se está expuesto a considerar de modo diferente lo idéntico e identificar lo diferente, a comparar lo incomparable y a omitir comparar lo comparable, por el hecho de que en sociología los “datos”, aun los más objetivos, se obtienen por la aplicación de estadísticas (cuadros de edad, nivel de ingresos, etc.) que implican supuestos teóricos y por lo mismo dejan escapar información que hubiera podido captar otra construcción de los hechos.[12] El positivismo, que considera los hechos como datos, se limita ya sea a reinterpretaciones inconsecuentes, porque éstas se desconocen como tales, ya sea a simples confirmaciones obtenidas en condiciones técnicas tan semejantes como sea posible: en todos los casos efectúa la reflexión metodológica sobre las condiciones de reiterabilidad como un sustituto de la reflexión epistemológica sobre la reinterpretación secundaria.

Sólo una imagen mutilada del proceso experimental puede hacer de la “subordinación a los hechos” el imperativo único. Especialista de una ciencia impugnada, el sociólogo está particularmente inclinado a reafirmar el carácter científico de su disciplina sobrevalorando los aportes que ella ofrece a las ciencias de la naturaleza. Reinterpretado según una lógica que no es otra que la de la herencia cultural, el imperativo científico de la subordinación al hecho desemboca en la renuncia pura y simple ante el dato. A esos practicistas de las ciencias del hombre que tienen una fe poco común en lo que Nietzsche llamaba “el dogma de la inmaculada percepción”, es preciso recordarles, con Alexandre Koyré, que “la experiencia, en el sentido de experiencia bruta, no desempeñó ningún rol, como no fuera el de obstáculo en el nacimiento de la ciencia clásica”.[13]

Ocurre, en efecto, como si el empirismo radical propusiera como ideal al sociólogo anularse como tal. La sociología sería menos vulnerable a las tentaciones del empirismo si bastase con recordarle, como decía Poincaré, que “los hechos no hablan”. Quizá la maldición de las ciencias del hombre sea la de ocuparse de un objeto que habla. En efecto, cuando el sociólogo quiere sacar de los hechos la problemática y los conceptos teóricos que le permitan construirlos y analizarlos, siempre corre el riesgo de sacarlos de la boca de sus informantes. No basta con que el sociólogo escuche a los sujetos, registre fielmente sus palabras y razones, para explicar su conducta y aun las justificaciones que proponen: al hacer esto, corre el riesgo de sustituir lisa y llanamente a sus propias prenociones por las prenociones de quienes estudia o por una mezcla falsamente científica y falsamente objetiva de la sociología espontánea del “científico” y de la sociología espontánea de su objeto.

Obligarse a mantener -para indagar lo real o los métodos de cuestionamiento de lo real- aquellos elementos creados en realidad por una indagación que se desconoce y se niega como tal, es sin duda la mejor manera de estar expuesto, negando que la comprobación supone la construcción, a comprobar una nada que se ha construido a pesar de todo. Podrían darse cientos de ejemplos en que, creyendo sujetarse a la neutralidad al limitarse a sacar del discurso de los sujetos los elementos del cuestionario, el sociólogo propone, al juicio de estos, juicios formulados por otros sujetos y termina por clasificarlos con relación a juicios que él mismo no sabe clasificar o a tomar por expresión de una actitud profunda juicios superficialmente provocados por la necesidad de responder a preguntas innecesarias. Todavía más: el sociólogo que niega la construcción controlada y consciente de su distancia a lo real y de su acción sobre lo real; puede no sólo imponer a los sujetos preguntas que su experiencia no les plantea y omitir las que en efecto surgen de aquéllas, sino incluso plantearles, con toda ingenuidad, las preguntas que sus propios propósitos le plantean, mediante una confusión positivista entre las preguntas que surgen objetivamente y aquellas que se plantean conscientemente. El sociólogo no sabe qué hacer cuando, desorientado por una falsa filosofía de la objetividad, se propone anularse en tanto tal.

No hay nada más sorprendente que el hiperempirismo, que renuncia al deber y al derecho de la construcción teórica en provecho de la sociología espontánea y reencuentra la filosofía espontánea de la acción humana como expresión de una deliberación consciente y voluntaria, transparente en sí misma: numerosas encuestas de motivaciones (sobre todo retrospectivas) suponen que los sujetos puedan guardar en algún momento la verdad objetiva de su comportamiento (y que conservan continuamente una memoria adecuada), como si la representación que los sujetos se hacen de sus decisiones o de sus acciones no debiera nada a las racionalizaciones retrospectivas.[14] Se pueden y se deben, sin duda, recoger los discursos más irreales, pero a condición de ver en ellos no la explicación del comportamiento sino un aspecto del mismo que debe explicarse. Cada vez que el sociólogo cree eludir la tarea de construir los hechos en función de una problemática teórica, es porque está dominado por una construcción que se desconoce y que él desconoce como tal, recogiendo al final nada más que los discursos ficticios que elaboran los sujetos para enfrentar la situación de encuestado y responder a preguntas artificiales o incluso al artificio por excelencia como es la ausencia de preguntas. Cuando el sociólogo renuncia al privilegio epistemológico es para caer siempre en la sociología espontánea.

II-2. Hipótesis o supuestos

Sería fácil demostrar que toda práctica científica, incluso y sobre todo cuando obcecadamente invoca el empirismo más radical, implica supuestos teóricos y que el sociólogo no tiene más alternativa que moverse entre interrogantes inconscientes, por tanto incontroladas e incoherentes, y un cuerpo de hipótesis metódicamente construidas con miras a la prueba experimental. Negar la formulación explícita de un cuerpo de hipótesis basadas en una teoría, es condenarse a la adopción de supuestos tales como las prenociones de la sociología espontánea y de la ideología, es decir los problemas y conceptos que se tienen en tanto sujeto social cuando no se los quiere tener como sociólogo. De este modo, Elihu Katz demuestra cómo los autores de la encuesta publicada bajo el título The People´s Choice no pudieron encontrar en una investigación basada en una prenoción, la de “masa” como público atomizado de receptores, los medios de captar empíricamente el fenómeno más importante en materia de difusión cultural, a saber el “flujo en dos tiempos” (Two-step flow), que no podía ser establecido sino a costa de una ruptura con la representación del público como masa desprovista de toda estructura[15][E. Katz, texto nº 24].

Aun cuando se liberara de los supuestos de la sociología espontánea, la práctica sociológica, sin embargo, no podría realizar nunca el ideal empirista del registro sin supuestos, aunque más no fuera por el hecho de que utiliza instrumentos y técnicas de registro. “Establecer un dispositivo con miras a una medición, es plantear una pregunta a la naturaleza”, decía Max Planck. La medida y los instrumentos de medición y en general todas las operaciones de la práctica sociológica, desde la elaboración de los cuestionarios y la codificación hasta el análisis estadístico, son otras tantas teorías en acto, en calidad de procedimientos de construcción, conscientes o inconscientes, de los hechos y de las relaciones entre los hechos. La teoría implícita en una práctica, teoría del conocimiento del objeto y teoría del objeto, tiene tanto más posibilidades de no ser controlada, y por tanto inadecuada al objeto en su especificidad, cuanto es menos consciente. Al llamar metodología, como a menudo se hace, a lo que no es sino un decálogo de preceptos tecnológicos, se escamotea la cuestión metodológica propiamente dicha, la de la opción entre las técnicas (métricas o no) referentes a la significación epistemológica del tratamiento que las técnicas escogidas hacen experimentar al objeto y a la significación teórica de los problemas que se quieren plantear al objeto al cual se las aplica.

Por ejemplo, una técnica aparentemente tan irreprochable e inevitable como la de muestreo al azar puede aniquilar completamente el objeto de la investigación, cada vez que este objeto debe algo a la estructura de grupos que el muestreo al azar tiene justamente por resultado aniquilar. Así, Elihu Katz señala que “para estudiar esos canales del flujo de influencia, que son los contactos entre individuos, el proyecto de investigación se ha revelado como inoperante por el hecho de que recurría a un muestreo al azar de individuos abstraídos de su medio social […]. Cada individuo de un muestreo al azar no puede hablar más que por sí mismo, y los leaders de opinión, en el padrón electoral de 1940, no podían ser identificados sino dando fe de su declaración”. Y subraya, además, que esta técnica “no permite comparar los leaders con sus seguidores respectivos, sino sólo los leaders y los no leaders en general”.[16] Puede verse cómo la técnica aparentemente más neutral contiene una teoría implícita de lo social, la de un público concebido como una “masa atomizada”, es decir, en este caso, la teoría consciente o inconscientemente asumida en la investigación que, por una suerte de armonía preestablecida, se usaba con esta técnica.[17] Otra teoría del objeto, y al mismo tiempo otra definición de los objetivos de la investigación, habría recurrido al uso de otra técnica de muestreo, por ejemplo el sondeo por sectores: registrando el conjunto de miembros de ciertas unidades sociales extraídas al azar (un establecimiento industrial, una familia, un pueblo), se procura el medio de estudiar la red completa de relaciones de comunicación que pueden establecerse en el interior de esos grupos, comprendiendo que el método, particularmente adecuado al caso estudiado, tiene tanto menos eficacia cuanto más homogéneo es el sector y que el fenómeno del cual se quieren estudiar sus variaciones depende más del criterio según el cual está definido ese sector. Son todas las operaciones estadísticas que es preciso someter a la interrogación epistemológica: “A la mejor estadística (como a la menos buena también) no hay que exigirle ni hacerle decir más que lo que dice, y del modo y bajo las condiciones en que lo dice”.[18] Para obedecer verdaderamente al imperativo que formula Simiand y para no hacer decir a la estadística otra cosa que lo que dice, hay que preguntarse en cada caso lo que dice y puede decir, en qué límites y bajo qué condiciones [F. Simiand, texto nº 25].

II-3. La falsa neutralidad de las técnicas: objeto construido o artefacto

El imperativo de la “neutralidad ética” que Max Weber oponía a la ingenuidad moralizante de la filosofía social tiende a transformarse hoy en un mandamiento rutinizado del catecismo sociológico. Si se creyera en las representaciones más chatas del precepto weberiano, bastaría precaverse de la parcialidad afectiva e incitaciones ideológicas sobre la significación de los conceptos y la pertinencia de las técnicas. La ilusión de que las operaciones “axiológicamente neutras” son también “epistemológicamente neutras” limita la crítica del trabajo sociológico, el suyo o el de otros, al examen, casi siempre fácil y estéril, de sus supuestos ideológicos y al de sus valores últimos. La discusión sin fin sobre la “neutralidad axiológica” se utiliza a menudo como sustituto de la discusión propiamente epistemológica sobre la “neutralidad metodológica” de las técnicas y, por esa razón, proporciona una nueva garantía a la ilusión positivista. Por un efecto de desplazamiento, el interés por los supuestos éticos y por los valores o fines últimos es un apartarse del examen crítico de la teoría del conocimiento sociológico que está implicada en los actos más elementales de la práctica.

Por ejemplo, ¿no es porque se presenta como la realización paradigmática de la neutralidad en la observación el que, entre todas las técnicas de recolección de datos, la entrevista no dirigida se la sobrevalora frecuentemente, en detrimento de la observación etnográfica que, cuando emplea normas obligadas por la tradición, realiza más completamente el ideal del inventario sistemático efectuado en una situación real? Es posible sospechar de las razones del favor que goza esta técnica cuando se observa que ni los “teóricos” ni los metodólogos y ni siquiera los usuarios del instrumento, nada mezquinos sin embargo en cuanto a consejos y consignas, se pusieron jamás a interrogarse metódicamente sobre las distorsiones específicas que produce una relación social tan profundamente artificial: cuando no se controlan sus supuestos implícitos y se enfrenta con sujetos sociales igualmente predispuestos a hablar libremente de cualquier cosa, ante todo de ellos mismos, e igualmente dispuestos a adoptar una relación forzada e intemperante a la vez con el lenguaje, la entrevista no dirigida que rompe la reciprocidad del diálogo habitual (por otra parte no exigible por igual en cualquier medio y situación) incita a los sujetos a producir un artefacto verbal, por lo demás desigualmente artificial según la distancia entre la relación con el lenguaje favorecido por su clase social y la relación artificial con el lenguaje que se exige de ellos. Olvidar el cuestionamiento de las técnicas formalmente más neutrales significa no advertir, entre otras cosas, que las técnicas de encuesta son también técnicas de sociabilidad socialmente calificadas [L. Schatzmann y A. Strauss, texto nº 26]. La observación etnográfica, que es a la experimentación social lo que la observación de los animales en su medio natural es a la experimentación en laboratorio, hace notar el carácter ficticio y forzado de la mayor parte de las situaciones sociales creadas por un ejercicio rutinario de la sociología que llega a desconocer tanto más la “reacción de laboratorio” cuanto que sólo conoce el laboratorio y sus instrumentos, tests o cuestionarios.

En tanto no hay registro perfectamente neutral no existe una pregunta neutral. El sociólogo que no somete sus propias interrogaciones a la interrogación sociológica no podría hacer un análisis verdaderamente neutral de las respuestas que provoca. Sea una pregunta tan unívoca en apariencia como: “¿trabajó usted hoy?”. El análisis estadístico demuestra que provoca respuestas diferentes de parte de los campesinos de Cabila o del sur argelino, los cuales si se refirieran a una definición “objetiva” del trabajo, es decir a la definición que una economía moderna tiende a dar de los agentes económicos, debieran dar respuestas semejantes. Sólo a condición de que se interrogue sobre su propia pregunta, en lugar de pronunciarse precipitadamente por lo absurdo o la mala fe de las respuestas, el sociólogo tiene alguna posibilidad de descubrir que la definición de trabajo que implica su pregunta está desigualmente alejada de aquella que las dos categorías de sujetos dan en sus respuestas.[19] Puede verse cómo una pregunta que no es transparente para el que la hace puede oscurecer el objeto que inevitablemente construye, incluso si la misma no ha sido hecha para construirlo [J. H. Goldthorpe y D. Lockwood texto nº 27]. Dado que se puede preguntar cualquier cosa a cualquiera y que casi siempre alguien tiene buena voluntad para responder cuando menos algo a cualquier pregunta, aun la más irreal, si quien interroga, carente de una teoría del cuestionario, no se plantea el problema del significado específico de sus preguntas, corre el peligro de encontrar con demasiada facilidad una garantía del realismo de sus preguntas en la realidad de las respuestas que recibe:[20] interrogar, como lo hace D. Lerner, a subproletarios de países subdesarrollados sobre la inclinación a proyectarse en sus héroes cinematográficos preferidos, cuando no respecto de la lectura de la prensa, es estar expuesto evidentemente a recoger un flatus vocis que no tiene otra significación que la que le confiere el sociólogo tratándolos como un discurso significante.[21] Siempre que el sociólogo es inconsciente de la problemática que incluye en sus preguntas, se impide la comprensión de aquella que los sujetos incluyen en sus respuestas: las condiciones están dadas, entonces, para que pase inadvertido el equívoco que lleva a la descripción, en términos de ausencia, de las realidades ocultadas por el instrumento mismo de la observación y por la intención, socialmente condicionada, de quien utiliza el instrumento.

El cuestionario más cerrado no garantiza necesariamente la univocidad de las respuestas por el solo hecho de que someta todos los sujetos a preguntas formalmente idénticas. Suponer que la misma pregunta tiene el mismo sentido para sujetos sociales distanciados por diferencias de cultura, pero unidos por pertenecer a una clase, es desconocer que las diferentes lenguas no difieren sólo por la extensión de su léxico o su grado de abstracción sino por la temática y problemática que transmiten. La crítica que hace Maxime Chastaing del “sofisma del psicólogo” es pertinente siempre que se desconoce el problema de la significación diferencial que las preguntas y las respuestas asumen realmente según la condición y la posición social de las personas interrogadas: “El estudiante que confunde su perspectiva con la de los niños estudiados recoge su propia perspectiva en el estudio en que cree obtener la de los niños […]. Cuando pregunta: «¿Trabajar y jugar es la misma cosa? ¿Qué diferencia hay entre trabajo y juego?», impone, por los sustantivos que su pregunta contiene, la diferencia adulta que pareciera cuestionar […]. Cuando el encuestador clasifica las respuestas -no según las palabras que las constituyen sino de acuerdo con el sentido que les daría si el mismo las hubiera dado- en los tres órdenes del juego-facilidad, juego-inutilidad y juego-libertad, obliga a los pensamientos infantiles a entrar en esos comportamientos filosóficos”.[22] Para escapar a este etnocentrismo lingüístico, no basta, como se ha visto, someter al análisis de contenido las palabras obtenidas en la entrevista no dirigida, a riesgo de dejarse imponer las nociones y categorías de la lengua empleada por los sujetos: no es posible liberarse de las preconstrucciones del lenguaje, ya se trate del perteneciente al científico o del de su objeto, más que estableciendo la dialéctica que lleva a construcciones adecuadas por la confrontación metódica de dos sistemas de preconstrucciones[23] [C. Lévi-Strauss, M. Mauss, B. Malinovski, textos nos 28, 29 y 30].

No se han sacado todas las consecuencias metodológicas del hecho de que las técnicas netas clásicas de la sociología empírica están condenadas, por su misma naturaleza, a crear situaciones de experimentación ficticias esencialmente diferentes de las experimentaciones sociales que continuamente produce la evolución de la vida social. Cuanto las conductas y actitudes estudiadas más dependen de la coyuntura, la investigación, en la coyuntura particular que permite la situación de encuesta, está más expuesta a captar sólo las actitudes u opiniones que no valen más allá de los límites de esta situación. Así, las encuestas que tratan sobre las relaciones entre las clases y, más precisamente, sobre el aspecto político de esas relaciones, están casi inevitablemente condenadas a terminar con la agravación de los conflictos de clase porque las exigencias técnicas a las cuales se deben sujetar las obligan a excluir las situaciones críticas y, por ello mismo, se les vuelve difícil captar o prever las conductas que nacerán de una situación conflictiva. Como lo observa Marcel Maget, hay que “remitirse a la historia para descubrir las constantes (si es que existen) de reacciones a situaciones nuevas. La novedad histórica actúa como «reactivo» para revelar las virtualidades latentes. De allí la utilidad de seguir al grupo estudiado cuando se enfrenta a situaciones nuevas, cuya evocación no es nada más que un remedio para salir del paso, pues no se pueden multiplicar las preguntas hasta el infinito”.[24]

Estamos en contra de la definición restrictiva de las técnicas de recolección de datos que confiere al cuestionario un privilegio indiscutido y la posibilidad de ver nada más que sustitutos aproximativos de la técnica real en métodos no obstante tan codificados y tan probados como los de la investigación etnográfica (con sus técnicas específicas, descripción morfológica, tecnología, cartografía, lexicografía, biografía, genealogía, etc.). En efecto, hay que restituir a la observación metódica y sistemática su primado epistemológico.[25] Lejos de constituir la forma más neutral y controlada de la elaboración de datos, el cuestionario supone todo un conjunto de exclusiones, no todas escogidas, y que son tanto más perniciosas por cuanto permanecen inconscientes: para poder confeccionar un cuestionario y saber qué se puede hacer con los hechos que produce, hay que saber lo que hace el cuestionario, es decir, entre otras cosas, lo que no puede hacer. Sin hablar de las preguntas que las normas sociales que regulan la situación de encuesta prohíben plantear, ni mencionar aquellas que el sociólogo omite hacer cuando acepta una definición social de la sociología, que no es sino el calco de la imagen pública de la sociología como referéndum, ni siquiera las preguntas más objetivas, las que se refieren a las conductas, no recogen sino el resultado de una observación efectuada por el sujeto sobre su propia conducta. Tampoco la interpretación valdría más si ella se nutriera de la intención expresa de discernir metódicamente de las acciones las intenciones confesadas y los actos declarados que pueden mantener con la acción relaciones que vayan desde la valoración exagerada, o la omisión por inclinación, a lo secreto hasta las deformaciones, reinterpretaciones e incluso a los “olvidos selectivos”; tal intención supone que se obtenga el medio de realizar científicamente esta distinción, sea por el cuestionario mismo, sea por un uso especial de esta técnica (piénsese en las encuestas sobre los presupuestos o sobre los budgets-temps como cuasi-observación) o bien por la observación directa. Se induce, por tanto, a invertir la relación que ciertos metodólogos establecen entre el cuestionario, simple inventario de palabras, y la observación de tipo etnográfico como inventario sistemático de actos y objetos culturales:[26] el cuestionario no es nada más que uno de los instrumentos de la observación, cuyas ventajas metodológicas, como por ejemplo la capacidad de recoger datos homogéneos igualmente apreciables por un análisis estadístico, no deben disimular sus límites epistemológicos; de manera que no sólo no es la técnica más económica para captar las conductas normalizadas, cuyos procesos rigurosamente “determinados” son altamente previsibles y pueden ser, en consecuencia, captados en virtud de la observación o la interrogación sagaz de algunos informantes, sino que se corre el peligro de desconocer ese aspecto de las conductas, en sus usos más ritualizados, e incluso, por un efecto dedesplazamiento, a desvalorizar el proyecto mismo de su captación.[27]

Los metodólogos suelen recomendar el recurso a las técnicas clásicas de la etnología, pero haciendo de la medición la medida de todas las cosas y de las técnicas de medición la medida de toda técnica, no pueden ver en ellas más apoyos subalternos o recursos para “encontrar ideas” en las primeras fases de una investigación,[28] excluyendo por esto el problema propiamente epistemológico de las relaciones entre los métodos de la etnología y los de la sociología. El desconocimiento recíproco es tan perjudicial para el progreso de una y otra disciplina como el entusiasmo desmedido que puede provocar préstamos incontrolados; por otra parte, las dos actitudes no son exclusivas. La restauración de la unidad de la antropología social (entendida en el pleno sentido del término y no como sinónimo de etnología) supone una reflexión epistemológica que intentaría determinar lo que las dos metodologías deben, en cada caso, a las tradiciones de cada una de las disciplinas y a las características de hecho de las sociedades que toman por objeto. Si no existen dudas de que la importación descontrolada de métodos y conceptos que han sido elaborados en el estudio de las sociedades sin escritura, sin tradiciones históricas, socialmente poco diferenciadas y sin tener muchos contactos con otras sociedades, pueden conducir a absurdos (piénsese por ejemplo en ciertos análisis “culturalistas” de las sociedades estratificadas), es obvio que hay que cuidarse de tomar las limitaciones condicionales por límites de validez inherentes a los métodos de la etnología: nada impide aplicar a las sociedades modernas los métodos de la etnología, mediante el sometimiento, en cada caso, a la reflexión epistemológica de los supuestos implícitos de esos métodos que se refieren a la estructura de la sociedad y a la lógica de sus transformaciones.[29]

No hay operación por más elemental y, en apariencia, automática que sea de tratamiento de la información que no implique una elección epistemológica e incluso una teoría del objeto. Es evidente, por ejemplo, que es toda una teoría, consciente o inconsciente, de la estratificación social lo que está en juego en la codificación de los indicadores de la posición social o en la demarcación de las categorías (ténganse presentes, por ejemplo, los diferentes índices entre los cuales se puede escoger para definir los grados de “cristalización del status”). Los que, por omisión o imprudencia, se abstienen de sacar todas las consecuencias de esta evidencia se exponen a la crítica frecuentemente dirigida a las descripciones escolares que tienden a sugerir que el método experimental tiene por función descubrir relaciones entre “datos” o propiedades preestablecidas de esos “datos”. “Nada hay de más engañoso, decía Dewey, que la aparente sencillez de la investigación científica tal como la describen los tratados de lógica”, esta sencillez especiosa alcanza su punto culminante cuando se utilizan las letras del alfabeto para representar la articulación del objeto: teniendo en un caso, ABCD, en otro BCFG, en un tercero CDEH y así sucesivamente, se concluye que es C el que evidentemente determina el fenómeno. Pero el uso de este simbolismo es “un medio muy eficaz de oscurecer el hecho de que los materiales en cuestión han sido ya estandarizados y de disimular por ello que toda la tarea de la investigación inductiva-deductiva descansa en realidad sobre operaciones en virtud de las cuales los materiales son homogeneizados”.[30] Si los metodólogos están más atentos a las reglas que se deben observar en la manipulación de las categorías ya constituidas que en las operaciones que permiten construirlas, es porque el problema de la construcción del objeto no puede resolverse nunca de antemano y de una vez para siempre, ya se trate de dividir a una población en categorías sociales, por nivel de ingreso o según la edad. Por el hecho de que toda taxonomía implica una teoría, una división inconsciente de sus alternativas, se opera necesariamente en función de una teoría inconsciente, es decir, casi siempre de una ideología. Por ejemplo, dado que los ingresos varían de una manera continua, la división de una población por nivel de ingresos implica necesariamente una teoría de la estratificación: “no se puede trazar una línea de separación absoluta entre los ricos y los pobres, entre los capitalistas terratenientes o inmobiliarios y los trabajadores. Algunos autores pretenden deducir de este hecho la consecuencia de que en nuestra sociedad no cabe ya hablar de una clase capitalista, ni oponer la burguesía a los trabajadores”.[31] Es tanto como decir, agrega Pareto, que no existen ancianos, puesto que no se sabe a qué edad, o sea en qué momento de la vida, comienza la vejez.

Habría que preguntarse, por último, si el método de análisis de datos que parece el más apto para aplicarse en todos los tipos de relaciones cuantificables, como es el análisis multivariado, no debe someterse siempre a la interrogación epistemológica; en efecto, partiendo de que se puede aislar por turno la acción de las diferentes variables del sistema completo de relaciones dentro del cual actúan, a fin de captar la eficacia propia de cada una de ellas, esta técnica no puede captar la eficacia que puede tener un factor al insertarse en una estructura e incluso la eficacia propiamente estructural del sistema de factores. Además, al obtener por un corte sincrónico un sistema definido por un equilibrio puntual, se está expuesto a dejar escapar lo que el sistema debe a su pasado y, por ejemplo, el sentido diferente que pueden tener dos elementos semejantes en el orden de la simultaneidad por su pertenencia a sistemas diferentes en el orden de la sucesión, es decir, por ejemplo, en diferentes trayectorias biográficas.[32] Generalmente, una hábil utilización de todas las formas de cálculo que permite el análisis de un conjunto de relaciones supondría un conocimiento y una conciencia perfectamente claros de la teoría del hecho social, considerado en los procedimientos en virtud de los cuales cada uno de ellos selecciona y construye el tipo de relación entre variables que determinan su objeto.

Así como las reglas técnicas del uso de técnicas son fáciles de emplear en la codificación, así son difíciles de determinar los principios que permiten una utilización de cada técnica que tenga en cuenta conscientemente los supuestos lógicos o sociológicos de sus operaciones y, aun más, a plasmarse en la práctica. En cuanto a los principios de los principios, los que rigen el uso correcto del método experimental en sociología y, por esa razón, constituyen el fundamento de la teoría del conocimiento sociológico, están en este punto tan opuestos a la epistemología espontánea que pueden ser constantemente transgredidos en nombre mismo de preceptos o fórmulas de las cuales se cree sacar partido. De este modo, la misma intención metodológica de no atenerse sino a las expresiones conscientes, puede llegar a otorgar, a construcciones tales como el análisis jerárquico de opiniones, el poder de elevar las declaraciones, aun las más superficiales, a actitudes que son su principio, es decir de transmutar mágicamente lo consciente en inconsciente, o por un proceso idéntico, pero que fracasa por razones inversas, a buscar la estructura inconsciente del mensaje de prensa por medio de un análisis estructural que no puede otra cosa, en el mejor de los casos, que redescubrir penosamente algunas verdades primeras mantenidas conscientemente por los productores del mensaje.

Del mismo modo, el principio de la neutralidad ética, lugar común de todas las tradiciones metodológicas, paradójicamente puede incitar, en su forma rutinaria, al error epistemológico que aspira prevenir. Es en nombre de una concepción simplista del relativismo cultural que ciertos sociólogos de la “cultura popular” y de los medios modernos de comunicación pueden crearse la ilusión de actuar de acuerdo con la regla de oro de la ciencia etnológica al considerar todos los comportamientos culturales, desde la canción folklórica hasta una cantata de Bach, pasando por una cancioncilla de moda, como si el valor que los diferentes grupos les reconocen no formara parte de la realidad, como si no fuera preciso referir siempre las conductas culturales a los valores a los cuales se refieren objetivamente para restituirles su sentido propiamente cultural. El sociólogo, que se propone ignorar las diferencias de valores que los sujetos sociales establecen entre las obras culturales, realiza de hecho una transposición ilegítima, en tanto incontrolada, del relativismo al cual se ve obligado el etnólogo cuando considera culturas correspondientes a sociedades diferentes: las diferentes “culturas” existentes en una misma sociedad estratificada están objetivamente situadas unas en relación con las otras, porque los diferentes grupos se sitúan unos en relación con otros, en particular cuando se refieren a ellas; por el contrario, la relación entre culturas correspondientes a sociedades diferentes sólo puede existir en y por la comparación que efectúa el etnólogo. El relativismo integral y mecánico desemboca en el mismo resultado que el etnocentrismo ético: en los dos casos el observador sustituye su propia relación por los valores de los que observa (y de ese modo a su valor), a la relación que estos mantienen objetivamente con sus valores.

“¿Cuál es el físico, pregunta Bachelard, que aceptaría gastar sus haberes en construir un aparato carente de todo significado teórico?” Numerosas encuestas sociológicas no resistirían tal interrogante. La renuncia pura y simple ante el dato de una práctica que reduce el cuerpo de hipótesis a una serie de anticipaciones fragmentarias y pasivas condena a las manipulaciones ciegas de una técnica que genera automáticamenteartefactos, construcciones vergonzosas que son la caricatura del hecho metódica y conscientemente construido, es decir de un modo científico. Al negarse a ser el sujeto científico de su sociología, el sociólogo positivista se dedica, salvo por un milagro del inconsciente, a hacer una sociología sin objeto científico.

Olvidar que el hecho construido, según procedimientos formalmente irreprochables, pero inconscientes de sí mismos, puede no ser otra cosa que un artefacto, es admitir, sin más examen, la posibilidad de aplicar las técnicas a la realidad del objeto al que se las aplica. ¿No es sorprendente que los que sostienen que un objeto que no se puede captar ni medir por las técnicas disponibles no tiene existencia científica, se vean llevados, en su práctica, a no considerar como digno de ser conocido más que lo que puede ser medido o, peor, a conceder sólo la existencia científica a todo lo que es pasible de ser medido? Los que obran como si todos los objetos fueran apreciables por una sola y misma técnica, o indiferentemente por todas las técnicas, olvidan que las diferentes técnicas pueden contribuir, en medida variable y con desiguales rendimientos, al conocimiento del objeto, sólo si la utilización está controlada por una reflexión metódica sobre las condiciones y los límites de su validez, que depende en cada caso de su adecuación al objeto, es decir a la teoría del objeto.[33] Además, esta reflexión sólo puede permitir la reinvención creadora que exige idealmente la aplicación de una técnica, “inteligencia muerta y que la mente debe resucitar”, y a fortiori, la creación y aplicación de nuevas técnicas.

II.-4 La analogía y la construcción de hipótesis

Para poder construir un objeto y al mismo tiempo saber construirlo, hay que ser consciente de que todo objeto científico se construye deliberada y metódicamente y es preciso saber todo ello para preguntarse sobre las técnicas de construcción de los problemas planteados al objeto. Una metodología que no se planteara nunca el problema de la construcción de las hipótesis que se deben demostrar no puede, como lo señala Claude Bernard, “dar ideas nuevas y fecundas a aquellos que no la tienen, servirá solamente para dirigir las ideas en los que las tienen y para desenvolverlas a fin de sacar de ellas los mejores resultados posibles […] el método por sí mismo no engendra nada”.[34]

Contra el positivismo que tiende a ver en la hipótesis sólo el producto de una generación espontánea en un ambiente infecundo y que espera ingenuamente que el conocimiento de los hechos o, a lo sumo, la inducción a partir de los hechos, conduzca de modo automático a la formulación de hipótesis, el análisis eidético de Husserl, como el análisis histórico de Koyré demuestran, a propósito del procedimiento paradigmático de Galileo, que una hipótesis como la de la inercia no puede ser conquistada ni construida sino a costa de un golpe de estado teórico que, al no hallar ningún punto de apoyo en las sensaciones de la experiencia, no podía legitimarse más que por la coherencia del desafío imaginativo lanzado a los hechos y a las imágenes ingenuas o cultas de los hechos.[35]

Tal exploración de los múltiples aspectos, que supone un distanciamiento decisivo respecto de los hechos, queda expuesta a las facilidades del intuicionismo, del formalismo o de la pura especulación, al mismo tiempo que sólo puede evadirse ilusoriamente de los condicionamientos del lenguaje o de los controles de la ideología. Como lo subraya R. B. Braithwaite, “un pensamiento científico que recurre al modelo analógico es siempre un pensamiento al modo del «como si» (as if thinking) […]; la contrapartida del recurso a los modelos es una vigilancia constante”.[36] Al distinguir el tipo ideal como concepto genérico obtenido por inducción, de la “esencia” espiritual o de la copia impresionista de lo real, Weber sólo buscaba explicitar las reglas de funcionamiento y las condiciones de validez de un procedimiento que todo investigador, aun el más positivista, utiliza consciente o inconscientemente, pero que no puede ser dominado más que si se utiliza con conocimiento de causa. Por oposición a las construcciones especulativas de la filosofía social, cuyos refinamientos lógicos no tienen otra finalidad que construir un sistema deductivo bien ordenado y que son irrefutables por ser indemostrables, el tipo ideal como “guía para la construcción de hipótesis”, según la expresión de Max Weber, es una ficción coherente “en la cual la situación o la acción es comparada y medida”, una construcción concebida para confrontarse con lo real, una construcción próxima -a una distancia tal que permite medir y reducir- y no aproximada. El tipo ideal permite medir la realidad porque se mide con ella y se determina al determinar la distancia que lo separa de lo real [M. Weber, texto nº 31].

Con la condición de prescindir de las ambigüedades que deja subsistir Weber al identificar el tipo ideal con el modelo, en el sentido de caso-ejemplo o caso-límite, construido o comprobado, el razonamiento como pasaje de los límites constituye una técnica irreemplazable de construcción de hipótesis: el tipo ideal puede extenderse tanto en un caso teóricamente privilegiado en un grupo construido de transformaciones (recuérdese, por ejemplo, el rol que hacía jugar Bouligand al triángulo rectángulo como soporte privilegiado de la demostración de la “pitagoricidad”)[37] como en un caso paradigmático que puede ser, ya sea una pura ficción obtenida por el pasaje de los límites y por la “acentuación unilateral” de las propiedades pertinentes, ya sea un objeto realmente observable que presenta en el más alto grado el número mayor de propiedades del objeto construido. Para escapar a los peligros inherentes a este procedimiento, hay que considerar al tipo ideal, no en sí mismo ni por sí mismo -a la manera de una muestra reveladora que bastaría copiar para conocer la verdad de la colección íntegra- sino como un elemento de un grupo de transformaciones refiriéndolos a todos los casos de la especie del cual es uno privilegiado. De este modo, construyendo por una ficción metodológica el sistema de conductas que pondrían los medios más racionales al servicio de fines racionalmente calculados, Max Weber obtiene un medio privilegiado para comprender la gama de conductas reales que el tipo ideal permite objetivar, objetivando su distancia diferencial al tipo puro. No existe el tipo ideal en el sentido de muestra reveladora (Instancia ostensiva), que haga ver lo que se busca, como lo indicaba Bacon, “al descubierto, bajo una forma agrandada o en su más alto grado de potencia”, que pueda tornarse objeto de un uso riguroso; se puede evitar lo que se ha llamado “el paralogismo del ejemplo dramático”, variante del “paralogismo de la française rousse” a condición de advertir en el caso extremo sometido a observación, el revelador del conjunto de casos isomorfos de la estructura del sistema;[38] es esta lógica lo que hace a Mauss privilegiar el potlatch como “forma paroxística” de la especie, los cambios de tipo total y agonístico, o que permite ver en el estudiante literario parisiense de origen burgués y en su inclinación al diletantismo, un punto de partida privilegiado para construir el modelo de relaciones posibles entre la verdad sociológica de la condición de estudiante y su transfiguración ideológica.

El ars inveniendi, entonces, debe limitarse a proporcionar las técnicas de pensamiento que permitan conducir metódicamente el trabajo de construcción de hipótesis al mismo tiempo que disminuir, por la conciencia de los peligros que tal empresa implica, los riesgos que le son inherentes. El razonamiento por analogía que muchos epistemólogos consideran el principio primero del descubrimiento científico está llamado a desempeñar un papel específico en la ciencia sociológica que tiene por especificidad no poder constituir su objeto sino por el procedimiento comparativo.[39] Para liberarse de la consideración ideográfica de casos que no contienen en sí mismos su causa, el sociólogo debe multiplicar las hipótesis de analogías posibles hasta construir la especie de los casos que explican el caso considerado. Y para construir esas analogías mismas, es legítimo que se ayude con hipótesis de analogías de estructura entre los fenómenos sociales y los fenómenos ya establecidos por otras ciencias, comenzando por las más próximas, lingüística, etnología o, incluso, biología. “No carece de interés, observa Durkheim, investigar si una ley, establecida por un orden de hechos, no se encuentra en otra parte,mutatis mutandis; esta comparación puede incluso servir para confirmarla y comprender mejor su alcance. En suma, la analogía es una forma legítima de comparación y ésta es el único medio práctico que disponemos para conseguir que las cosas se vuelvan inteligibles.”[40] En resumen, la comparación orientada por la hipótesis de las analogías constituye no sólo el instrumento privilegiado de la ruptura con los datos preconstruidos, que pretenden insistentemente ser considerados en sí mismos y por sí mismos, sino también el principio de la construcción hipotética de relaciones entre las relaciones.

II-5. Modelo y teoría

Es sólo a condición de negar la definición que los positivistas, usuarios privilegiados de la noción, dan de modelo, que se le puede conferir las propiedades y funciones comúnmente concedidas a la teoría.[41] Sin duda, se puede designar por modelo cualquier sistema de relaciones entre propiedades seleccionadas, abstractas y simplificadas, construido conscientemente con fines de descripción, de explicación o previsión y, por ello, plenamente manejable; pero a condición de no emplear sinónimos de este término que den a entender que el modelo pueda ser, en este caso, otra cosa que una copia que actúa como un pleonasmo con lo real y que, cuando es obtenida por un simple procedimiento de ajuste y extrapolación, no conduce en modo alguno al principio de la realidad que imita. Duhem criticaba los “modelos mecánicos” de Lord Kelvin por mantener con los hechos sólo una semejanza superficial. Simples “procedimientos de exposición” que hablan sólo a la imaginación, tales instrumentos no pueden guiar el descubrimiento puesto que no son sino, a lo sumo, otra cosa que una puesta en forma de un saber previo y que tienden a imponer su lógica propia, evitando así investigar la lógica objetiva que se trata de construir para explicar teóricamente lo que no hacen más que representar.[42] Ciertas formulaciones científicas de las prenociones del sentido común hacen pensar en esos autómatas que construían Vaucanson y Cat, y que, en ausencia del conocimiento de los principios reales de funcionamiento, apelaban a mecanismos basados en otros principios para producir una simple reproducción de las propiedades más fenomenales: como lo subraya Georges Canguilhem, la utilización de modelos se reveló fecunda en biología en el momento en que se sustituyeron los modelos mecánicos, concebidos en la lógica de la producción y transmisión de energía, por modelos cibernéticos que descansan en la transmisión de información y dan así con la lógica del funcionamiento de los circuitos nerviosos.[43] No es una casualidad si la indiferencia a los principios condena a un operacionalismo que limita sus ambiciones a “salvar las apariencias”, sin perjuicio de proponer tantos modelos como fenómenos hay, o multiplicar para un mismo fenómeno modelos que incluso no son contradictorios porque, productos de un trabajo científico, están igualmente desprovistos de principios. La investigación aplicada puede contentarse, sin duda, con tales “verdades en un 50%”, según la expresión de Boas, pero quienes confunden una restitución aproximada (y no próxima) del fenómeno con la teoría de los fenómenos se exponen a inexorables fracasos y sin embargo incomprensibles en tanto no se aclare el poder explicativo de coincidencia.

Confundiendo entre la simple semejanza y la analogía, relación entre relaciones que debe ser conquistada contra las apariencias y construida por un verdadero trabajo de abstracción y por una comparación conscientemente realizada, los modelos miméticos, que no captan más que las semejanzas exteriores se oponen a los modelos analógicosque buscan la comprensión de los principios ocultos de las realidades que interpretan. “Razonar por analogía, dice la Academia, es formar un razonamiento fundado en las semejanzas o relaciones de una cosa con otra” o más bien, corrige, Cournot, “fundado en las relaciones o semejanzas en tanto éstas muestren las relaciones. En efecto, la visión de la mente, en el juicio analógico, se refiere únicamente a la razón de las semejanzas: éstas no tienen ningún valor desde el momento que no revelan las relaciones en el orden de hechos en que la analogía se aplica”.[44]

Los diferentes procedimientos de construcción de hipótesis pueden aumentar su eficacia recurriendo a la formalización que, además de la función esclarecedora de una estenografía rigurosa de conceptos y la función crítica de una demostración lógica del rigor de las definiciones y de la coherencia del sistema de enunciados, también puede cumplir, bajo ciertas condiciones, una función heurística al permitir la exploración sistemática de lo posible y la construcción controlada de un cuerpo sistemático de hipótesis como esquema completo de las experiencias posibles. Pero si la eficacia mecánica, y metódica a la vez, de los símbolos y de los operadores de la lógica o de la matemática, “instrumentos de comparación por excelencia”, según la expresión de Marc Barbut, permite llevar a su término la variación imaginaria, el razonamiento analógico puede cumplir también, incluso carente de todo refinamiento formal, su función de instrumento de descubrimiento, aunque más trabajosamente y con menos seguridad. En su uso corriente, el modelo proporciona el sustituto de una experimentación a menudo imposible en los hechos y da el medio de confrontar con la realidad las consecuencias que esta experiencia mental permite separar completamente, porque ficticiamente: “Luego de Rousseau y bajo una forma decisiva, Marx enseñó, observa Claude Lévi-Strauss, que la ciencia social al igual que la física no se construye a partir de los datos de la sensibilidad: el objetivo es construir un modelo, estudiar sus propiedades y las diferentes maneras en que reacciona en el laboratorio, para aplicar seguidamente esas observaciones a la interpretación de lo que sucede empíricamente”.[45]

Es en los principios de su construcción y no en su grado de formalización que radica el valor explicativo de los modelos. Por cierto, como se ha demostrado a menudo de Leibniz a Russell, el recurso a “evidencias ciegas” de los símbolos constituye una excelente protección contra las obcecadas evidencias de la intuición: “El simbolismo es útil, indiscutiblemente, porque torna las cosas difíciles. Queremos saber «qué puede ser deducido de qué». Al principio todo es evidente por sí; y es muy difícil ver si una proposición evidente procede o no de otra. La evidencia es siempre enemiga del rigor. Inventemos un simbolismo tan difícil que nada parezca evidente. Luego establezcamos reglas para operar con los símbolos y todo se vuelve mecánico”.[46] Pero los matemáticos tendrían menos razones que los sociólogos para recordar que la formalización puede consagrar evidencias del sentido común en lugar de condenarlas. Se puede, decía Leibniz, dar forma de ecuación a la curva que pasa por todos los puntos de una superficie. El objeto percibido no se transforma en un objeto construido como por un sencillo arte de magia matemática: peor, en la medida en que simboliza la ruptura con las apariencias, el simbolismo da al objeto preconstruido una respetabilidad usurpada, que lo resguarda de la crítica teórica. Si hay que precaverse de los falsos prestigios y prodigios de la formalización sin control epistemológico, es porque reduciendo las apariencias de la abstracción a proposiciones que pueden ser obcecadamente tomadas de la sociología espontánea o de la ideología, amenaza inducir a que se pueda ahorrar el trabajo de abstracción, que es el único capaz de romper con las semejanzas aparentes para construir las analogías ocultas.

La captación de las homologías estructurales no siempre tiene necesidad de apelar al formalismo para fundamentarse y para demostrar su rigor. Basta seguir el procedimiento que condujo a Panofsky a comparar la Summa de Tomás de Aquino y la catedral gótica para advertir las condiciones que hacen posible, legítima y fecunda tal operación: para acceder a la analogía oculta escapando de esa curiosa mezcla de dogmatismo y empirismo, de misticismo y positivismo que caracteriza al intuicionismo, hay que renunciar a querer encontrar en los datos de la intuición sensible el principio que los unifique realmente y someter las realidades comparadas a un tratamiento que las hace igualmente disponibles para la comparación. La analogía no se establece entre la Summa y laCatedral tomadas, por así decirlo, en su valor facial, sino entre dos sistemas de relaciones inteligibles, no entre “cosas” que se ofrecerían a la percepción ingenua sino entre objetos conquistados contra las apariencias inmediatas y construidos mediante una elaboración metódica [E. Panofsky, texto nº 32].

De esta manera, es en su poder de ruptura y de generalización, los dos son inseparables, que se reconoce el modelo teórico: depuración formal de las relaciones entre aquellas que definen los objetos construidos, puede ser transpuesto a órdenes de la realidad fenomenal muy diferentes y provocar por analogía nuevas analogías, nuevos principios de construcción de objetos [P. Duhem, texto nº 33; N. Campbell, texto nº 34]. Así como el matemático encuentra en la definición de recta como curva de curvatura nula el principio de una teoría general de las curvas, ya que la línea curva es un mejor generalizador que la recta, así la construcción de un modelo permite tratar diferentes formas sociales como otras tantas realizaciones de un mismo grupo de transformaciones y hacer surgir por ello propiedades ocultas que no se revelan sino en la puesta en relación de cada una de las realizaciones con todas las otras, es decir por referencia al sistema completo de relaciones en que se expresa el principio de su afinidad estructural.

[47] Es éste el procedimiento que le confiere su fecundidad, es decir su poder de generalización, a las comparaciones entre sociedades diferentes o entre subsistemas de una misma sociedad, por oposición a las simples comparaciones suscitadas por la semejanza de los contenidos. En la medida en que estas “metáforas científicas” conduzcan a los principios de las homologías estructurales que pudieran encontrarse sumergidas en las diferencias fenomenales, son, como se ha dicho, “teorías en miniatura” puesto que, al formular los principios generadores y unificadores de un sistema de relaciones, satisfacen completamente las exigencias del rigor en el orden de la demostración y de la fecundidad, en el orden del descubrimiento, que definen una construcción teórica: gramáticas generadoras de esquemas, pasibles de ser transpuestas, proporcionan el principio de los problemas y de cuestionamientos indefinidamente renovables; realizaciones sistemáticas de un sistema de relaciones verificadas o a verificar, obligan a un procedimiento de verificación que no puede ser más que sistemático en sí mismo; productos conscientes de un distanciamiento por referencia a la realidad, remiten siempre a la realidad y permiten medir en la misma las propiedades que su irrealidad sólo posibilita descubrir completamente, por deducción.[48]

 FUENTE: BOURDIEU, Pierre; CHAMBOREDON, Jean-Claude y PASSERON,  Jean-Claude: «La construcción del objeto». En: El oficio del sociólogo. Buenos Aires, Siglo XXI, 1987 [reimpr.], pp. 51-81 [1ª Ed. en Esp.: 1975].

 

[Notas]


[1] Karl Marx, Introduction générale à la critique de l´économie politique (trad. M. Rubel y L. Evrard), en Obras, t. I, Gallimard, París, 1965, pp. 255-256. En castellano véase Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, vol. I, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971, p. 22.

[2] M. Weber, Essais sur la théorie de la scienceop. cit., p. 146.

[3] Émile Durkheim, Les règles de la méthode sociologique, 2ª edic. revisada y aumentada, F. Alcan, París, 1901; citado según la 15ª ed. de PUF, París, 1963, p. 9. [Hay ed. esp.: Las reglas del método sociológico, Buenos Aires, Schapire, 1973.]

[4] Es, sin duda, porque la situación de comienzo o de recomienzo se cuenta entre las más favorables a la explicitación de los principios de construcción que caracterizan a una ciencia, que la argumentación polémica desplegada por los durkheimistas para imponer el principio de la especificidad de los hechos sociales conserva, aun hoy, un valor que no es sólo arqueológico.

[5] Muchos sociólogos principiantes obran como si bastara darse un objeto dotado de realidad social para poseer, al mismo tiempo, un objeto dotado de realidad sociológica: dejando a un lado las innumerables monografías de aldea, podrían citarse todos esos temas de investigación que no tienen otra problemática que la pura y simple designaciónde grupos sociales o de problemas percibidos por la conciencia común, en un momento dado.

[6] No es casualidad si sectores de la sociología, como el estudio de los medios de comunicación modernos o del tiempo libre, son los más permeables a las problemáticas y esquemas de la sociología espontánea: además de que esos objetos existen ya en tanto que temas obligados de la conversación común sobre la sociedad moderna, deben su carga ideológica al hecho que es con el mismo que se relaciona el intelectual cuando estudia la relación de las clases populares con la cultura. La relación del intelectual con la cultura encierra todo el problema de su relación con la condición de intelectual, nunca tan dramáticamente planteada como en el problema de su relación con las clases populares como clases desprovistas de cultura.

[7] A. H. Barton y P. F. Lazarsfeld, “Some Functions of Qualitative Analysis in Social Research”, en S. M. Lipset y N. J. Smelser (eds.), Sociology: The Progress of a Decade, Prentice Hall, Englewood Cliffs (N.J.), 1961, pp. 95-122.

[8] Los conceptos y proposiciones definidos exclusivamente por su carácter “operatorio” pueden no ser más que la formulación lógicamente irreprochable de premoniciones y, por este motivo, son a los conceptos sistemáticos y proposiciones teóricas lo que el objeto preconstruido es al objeto construido. Al poner el acento exclusivamente en el carácter operacional de las definiciones, se corre el peligro de tomar una simple terminología clasificatoria, como hace S. C. Dodd (Dimensions of Society, New York, 1942, u “Operational Definitions Operationally Defined”, American Journal of Sociology, XLVIII, 1942-1943, pp. 482-489) por una verdadera teoría, abandonando para una investigación ulterior el problema de la sistematicidad de los conceptos propuestos y aun de su fecundidad teórica. Como lo subraya C. G. Hempel, privilegiando las “definiciones operacionales” en detrimento de las exigencias teóricas, “la literatura metodológica consagrada a las ciencias sociales tiende a sugerir que la sociología tendría que proveerse, para preparar su porvenir de disciplina científica, de una amplia como posible gama de términos “operacionalmente definidos” y “de un empleo constante y unívoco”, como si la formación de los conceptos científicos pudiera ser separada de la elaboración teórica. Es la formulación de sistemas conceptuales dotados de una pertinencia teórica lo que se emplea en el progreso científico: tales formulaciones exigen el descubrimiento teórico cuyo imperativo empirista u operacionalista de la pertinencia empírica […] no podría darse por sí solo (C. G. Hempel, Fundamentals of Concept Formation in Empirical Research, University of Chicago Press, Chicago, London, 1952, p. 47).

[9] K. R. Popper, The Logic of Scientific Discoveryop. cit., p. 107.

[10] P. Duhem, La théorie physiqueop. cit., p. 277.

[11] Claude Lévi-Strauss, Le totemisme aujourd´hui, PUF, París, 1962, p. 7 [hay ed. esp.].

[12] Cfr. P. Bourdieu y J. C. Passeron, “La comparabilité des systèmes d´éducation”, en R. Castel y J. C. Passeron (eds.), Éducation, démocratie et développment, Cahiers du Centre de Sociologie Européenne, nº 4, Mouton, París, La Haya, 1967, pp. 20-58.

[13] A. Koyré, Études Galiléennes, I. A l´aube de la science classique, Hermann, París, 1940, p. 7. Y agrega: “Las «experiencias» de las que se reclama o habrá de reclamarse más tarde Galileo, aun las que ejecuta realmente, no son ni habrán de ser nunca más que experiencias de pensamiento” (ibíd., p. 72).

[14] La noción de opinión, sin duda, debe su éxito, práctico y teórico, a que concentra todas las ilusiones de la filosofía atomística del pensamiento y de la filosofía espontánea de las relaciones entre el pensamiento y la acción, comenzando por el rol privilegiado de la expresión verbal como indicador de las disposiciones en acto. Nada hay de sorprendente, entonces, si los sociólogos que ciegamente confían en los sondeos se exponen continuamente a confundir las declaraciones de acción, o peor aún las declaraciones de intención con las probabilidades de acción.

[15] E. Katz, “The Two-Step Flow of Communication: An Up-to-date Report on an Hypothesis”, Public Opinion Quaterly, vol. 21, Spring 1957, pp. 61-78: “De todas las ideas expuestas en The Peopl´s Choice, la hipótesis del flujo en dos tiempos es probablemente la menos apoyada en datos empíricos. La razón de ello es clara: el proyecto de investigación no anticipaba la importancia que revistirían en el análisis de datos las relaciones interpersonales. Dado que la imagen de un público atomizado inspiraba tantas indagaciones sobre las mass media, lo más sorprendente es que las redes de influencia interpersonales pudieran llamar, por poco que sea, la atención de los investigadores”. Para medir con qué fuerza una técnica puede excluir un aspecto del fenómeno, basta saber cómo, con otras problemáticas y otras técnicas, los sociólogos rurales y los etnólogos captaron desde tiempo atrás la lógica del two-step-flow. Los ejemplos de estos descubrimientos que hay que redescubrir abundan: es así como A. H. Barton y P. F. Lazarsfeld recuerdan que el problema de los “grupos informales”, de los que hace mucho tiempo eran conscientes otros sociólogos, sólo aparecieron tardíamente y como un “descubrimiento sorprendente” a los investigadores de la Western Electric; cfr. “Some Fonctions of Qualitative Analysis in Social Research” (loc. cit.).

[16] E. Katz, loc. cit., p. 64.

[17] C. Kerr y L. H. Fisher muestran que así como, en las investigaciones de la escuela de E. Mayo, la técnica y los supuestos son afines, la observación cotidiana de los contactos cara a cara y de las relaciones interpersonales dentro de la empresa implica la convicción dudosa que «el pequeño grupo de trabajo es la célula esencial en la organización de la empresa y que este grupo y sus miembros obedecen sustancialmente a determinaciones afectivas» […]. “El sistema de Mayo deriva de dos opciones esenciales. Una vez cumplidas todo está dado, los métodos, el campo de interés, las prescripciones prácticas, los problemas reservados para la investigación” (y en particular) “la indiferencia a los problemas de clase, de ideología, de poder” (“Plant Sociology: The Elite and the Aborigines”, en M. Komarovsky ed. Common Frontiers of the Social Sciences, The Free Press, Glencoe, Illinois, 1957, pp. 281-309).

[18] F. Simiand, Statistique et expérience, remarques de méthode, M. Rivière, París, 1922, p. 24.

[19] P. Bourdieu, Travail et travailleurs en Algérie, 2ª parte, Mouton, París, La Haya, 1962, pp. 303-304.

[20] Si el análisis secundario de los documentos proporcionados por la encuesta más ingenua es casi siempre posible, y legítimo, es porque resulta muy raro que los sujetos interrogados respondan verdaderamente cualquier cosa y no revelen algo en sus respuestas de lo que son: se sabe por ejemplo que las no-respuestas y negarse a responder pueden ser interpretados en sí mismos. Sin embargo, la recuperación del sentido que contienen, a pesar de todo, suponen un trabajo de rectificación, aunque más no fuera para saber cuál es la pregunta a la que verdaderamente respondieron y que no es necesariamente la que se les ha planteado.

[21] Lerner, D. The Passing of Traditional Society. Nueva York: The Free Press of Glencoe, 1958. Sin entrar en una crítica sistemática de los supuestos ideológicos implicados en un cuestionario, que de 117 preguntas sólo contenía dos referentes al trabajo y al status económico (contra 87 sobre los mass media, cine, diarios, radio, televisión) puede observarse que una teoría que tome en cuenta las condiciones objetivas de existencias del subproletario y, en particular, la inestabilidad generalizada que lo caracteriza, puede explicar la aptitud del subproletario de imaginarse almacenero o periodista, y aun de la particular modalidad de esas «proyecciones», en tanto que la «teoría de la modernización», que propone Lerner, es impotente para explicar la relación que el subproletario mantiene con su trabajo o el porvenlr. Aunque brutal y grosero, parece que este criterio permite distinguir un instrumento ideológico, condenado a producir un simple artefacto, de un instrumento científico.

[22] M. Chastaing, “Jouer n´est pas jouer”, loc. cit.

[23] De este modo, la entrevista no directiva y el análisis de contenido no podrían ser utilizados como una especie de patrón absoluto, pero deben proporcionar un medio de controlar continuamente tanto el sentido de las preguntas planteadas como las categorías según las cuales son analizadas e interpretadas las respuestas.

[24] M. Maget, Guide d´étude directe des comportements culturels, C.N.R.S., París, 1950, p. XXXI.

[25] Se encontrará una exposición sistemática de esta metodología en la obra de Marcel Maget ya citada.

[26] Al poner todas las técnicas etnográficas dentro de la categoría desvalorizada delquatitative analysis los que privilegian absolutamente el “quantitative analysis” se condenan a ver en él sólo un recurso por una suerte de etnocentrismo metodológico que lleva a referirlos a la estadística como a su verdad, para terminar viendo nada más que una “cuasi-estadística” en la que se encuentran “cuasi-distribuciones”, “cuasi-correlaciones” y “cuasi-datos” empíricos.: “La reunión y el análisis de los cuasi-datos estadísticos sin duda pueden ser practicados más sistemáticamente de lo que lo han sido en el pasado, por lo menos si se piensa en la estructura lógica del análisis cuantitativo para tenerla presente en la mente y extraer precauciones y directivas generales”. (A. H. Barton, y P. F. Lazarsfeld, “Some Functions of Qualitative Analysis in Social Research”, loc. cit.).

[27] Inversamente, el preferente interés que los etnólogos conceden a los aspectos más determinados de la conducta, a menudo es paralelo con la indiferencia por el uso de la estadística, que es la única capaz de medir la distancia entre las normas y las conductas reales.

[28] Cfr. por ejemplo, A. H. Barton, y P. F. Lazarsfeld, “Some Functions of Qualitative Analysis in Social Research”, loc. cit. C. Selliz, M. Deutsch y S. W. Cook se propusieron definir las condiciones en las cuales podría realizarse una trasposición fructífera de las técnicas de inspiración etnológica (Research Methods in Social Relations, Rev. vol. I, ed. Methuen, 1959, pp. 59-65).

[29] Tal sustantivación del método etnológico es la que realiza R. Bierstedt en su artículo “The Limitation of Anthropological Method in Sociology”, American Journal of Sociology, LIV, 1948-1949, pp. 23-30.

[30] J. Dewey, Logic: The Theory of Inquiry, Holt, Nueva York, 1938, p. 431, n. 1.

[31] V. Pareto, Cours d´Économie politique, t. II, Droz, Ginebra, p. 385. Las técnicas más abstractas de división del material tienen por efecto justamente anular las unidades concretas como generación, biografía y carrera.

[32] Cfr. P. Bourdieu, J. C. Passeron y M. de Saint-Martin, Rapport pédagogique et communication, Cahiers du Centre de sociologie européenne, nº 2, Mouton, París, La Haya, 1965, pp. 43-57.

[33] El uso monomaníaco de una técnica particular es el más frecuente y también el más frecuentemente denunciado: “Dad un martillo a un niño, dice Kaplan, y se verá que todo le habrá de parecer merecedor de un martillazo” (The Conduct of Inquiryop. cit., p. 112).

[34] C. Bernard, Introduction à l´étude de la médecine expérimentalop. cit., cap. II, parágrafo 2.

[35] E. Husserl, “Die Krissis der eropäischen Wissenschaften und die transzendentale Phänomenologie: Eine Einleitung in die phänomenologische Philosophie” (trad. francesa E. Gerrer, “La crise des sciences européennes et la phénomenologie transcendantale”, Les Études Philosophiques, nos 2 y 4, París [hay ed. esp.]). Koyré, más sensible que cualquier otro historiador de la ciencia a la ingeniosidad experimental de Galileo, no vacila sin embargo en observar en el prejuicio de construir una física arquimediana el principio motor de la revolución científica iniciada por Galileo. Es la teoría, es decir, en este caso la intuición teórica del principio de inercia, que precede a la experiencia y la hace posible volviendo concebibles las experiencias susceptibles de validar la teoría. Cf. A. Koyré,Études Galiléennes; III, Galilée et la loi d´inertie. Hermann, París, 1966, pp. 226-227.

[36] R. B. Brathwaite, Scientific Explanation, Cambridge University Press, Cambridge, 1963, p. 93. No es casual si, en ciencias que como la econometría, recurren desde hace tiempo a la construcción de modelos, la conciencia del peligro de “inmunización” contra la experiencia que es inherente a todo proceso formalista, es decir simplificador, es más acentuado que en sociología. H. Albert mostró la “coartada ilimitada” que significa el hábito de razonar ceteris paribus: La hipótesis se vuelve irrefutable desde el momento en que toda observación contraria de la misma puede imputarse a la variación de los factores que aquélla neutraliza suponiéndolos constantes (H. Albert, «Modell Platonismus», en E. Topitsch (ed.), Logik der Sozialwissenchaften, Kiepenheuer und Witsch, Köln, Berlín, 1966, pp. 406-434).

[37] Véase G. Bachelard, Le rationalisme appliquéop. cit., pp. 91-97.

[38] Así, Goffman concibe al hospital psiquiátrico reubicándolo en la serie de instituciones, cuarteles o internados: el caso privilegiado en la serie construida puede ser entonces aquel que, tomado aisladamente, mejor disimula por sus funciones oficialmente humanitarias la lógica del sistema de los casos isomorfos (cfr. E. Goffman, Asiles, Éditions de Minuit, París, 1968).

[39] Véase, por ejemplo, G. Polya, Induction and Analogy in Mathematics, Princeton University Press, Princeton (N.J.), 1954, ts. I y II. Durkheim sugería ya principios de una reflexión sobre el buen uso de la analogía. “El error de los sociólogos biologistas no es haberla usado (la analogía), sino haberla usado mal. Quisieron no controlar las leyes de la sociología por las de la biología, sino deducir las primeras de las segundas. Pero tales deducciones carecen de valor; pues si las leyes de la vida se vuelven a encontrar en la sociedad, es bajo nuevas formas y con caracteres específicos que la analogía no permite conjeturar y que sólo puede alcanzarse por la observación directa. Pero si se ha comenzado a determinar, con ayuda de procedimientos sociológicos, ciertas condiciones de la organización social, hubiera sido perfectamente legítimo examinar luego si no presentaban similitudes parciales con las condiciones de la organización animal, tal como lo determina el biologista de su lado. Puede preverse incluso que toda organización debe tener caracteres comunes que no es inútil descubrir” (E. Durkheim, “Représentations individuelles et représentations collectives”, Revue de Metaphysique et de Morale, t. VI, mayo 1898, reproducido en: Sociologie et philosophie, F. Alcan, París, 1924, 3 ed., PUF, París, 1963).

[40] E. Durkheim, ibid.

[41] En este parágrafo, el vocablo teoría se tomará en el sentido de teoría parcial de lo social (cf. supra, parág. I.7, pp. 48-50).

[42] Entre los modelos incontrolados que obstaculizan la captación de las analogías profundas, hay que tener en cuenta también los que transmite el lenguaje en sus metáforas, aun las más muertas (cfr. supra, parág. I-4, pp. 37-41).

[43] G. Canguilhem, “Analogies and Models in Biological Discovery”, Scientific Change, Historical Studies in the Intelectual, Social and Technical Conditions for Scientific Discovery and Technical Invention, from Antiquity to the Present, Symposium on the History of Science, Heinemann, London, 1963, pp. 507-520.

[44] A. Cournot, Essais sur les fondements de nos connaissances et sur les caractères de la critique philosophique, Hachete, París, 1912, p. 68.

[45] C. Lévi-Strauss, Tristes tropiques, Plon, París, 1956, p. 49 [hay ed. esp.].

[46] B. Russell, Mysticism and Logic, and Other Essays. Doubleday, Anchor Books, Nueva York, 1957, p. 73 (inst. publ. Philosophical Essays, George Allen & Unwin, London, 1910, 2a ed., Mysticism and Logic, 1917 [hay ed. esp.].

[47] Es el mismo procedimiento, que consiste en concebir el caso particular e incluso el conjunto de casos reales como casos particulares de un sistema ideal de composiciones lógicas, que en las operaciones más concretas de la práctica sociológica como la interpretación de una relación estadística puede terminar invirtiendo la significación de la noción de significatividad estadística: así como la matemática pudo considerar la ausencia de propiedades como una propiedad, del mismo modo una ausencia de relación estadística entre dos variables puede ser altamente significativa si se considera esta reacción dentro del sistema completo de relaciones de la que forma parte.

[48] Sería indispensable en ciencias sociales una educación del espíritu científico para que, por ejemplo, en sus informes de encuesta los sociólogos rompan más a menudo con el procedimiento inductivo que a lo sumo conduce a un balance recapitulativo (cfr. infra, parág. III.2, p. 91) para reorganizar en función de un principio unificador (o de varios), a fin de explicar sistemáticamente, el conjunto de relaciones empíricamente comprobadas, es decir para obedecer en su práctica a la exigencia teórica, aunque fuera al nivel de una problemática regional.

FUENTE: BOURDIEU, Pierre; CHAMBOREDON, Jean-Claude y PASSERON,  Jean-Claude: «La construcción del objeto». En: El oficio del sociólogo. Buenos Aires, Siglo XXI, 1987 [reimpr.], pp. 51-81 [1ª Ed. en Esp.: 1975].

 

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