Malthus y la crisis del agua en São Paulo

 

La crisis del agua está a punto de alcanzar proporciones catastróficas. Y ahora, la escasez de este recurso natural puede resultar en violencia, guerras, saqueos. El desastre humano por la falta de los recursos naturales. Así lo asegura el alcalde de São Paulo, de acuerdo con la columna de Mónica Bérgamo en la Folha de S. Paulo el 29 de enero, con el sugerente título: Municipalidad de São Paulo teme violencia y saqueos por la falta de água.

En el caso de conflictos, los más afectados son siempre los que están más cerca del lugar — en este caso, los alcaldes — aunque sea el gobernador del estado sobre quien debe recaer la responsabilidad más directa en este caso. En este sentido, diversos alcaldes, y no sólo Haddad [el alcalde de São Paulo], alertan para la explosión de violencia a causa de la escasez, de acuerdo a como lo anunció el diario Valor: “temen los problemas generados a partir del racionamiento, como el aumento del número de enfermecades provocadas por el agua impura y eventuales saqueos de agua por la población desabastecida, con el aumento de la violencia”.

Pasa que uno de los desastres provocados por la crisis hídrica ha sido la despolitización del problema. Parece que no causa espanto el hecho de que la crisis ocurra en una ciudad tropical con alto índice pluviométrico. Y el viejo tema de la turbulenta relación entre población y recursos naturales vuelve a aparecer. Un largo debate que divide a la filosofía, por lo menos, desde el siglo 18 (ya que fue el iluminismo del 17 quien nos separó de la naturaleza).

Es que ese argumento provocado por los alcaldes afectados por la crisis del agua — la escasez va a provocar violencia — sigue la tónica de aquel construído por lo sacerdote inglés Thomas Malthus. Las líneas generales eran que el aumento de la población lleva al agotamiento de los recursos. La tierra no podría proveer lo necesario para el consumo creciente: mientras la población crece de manera geométrica, la tierra provee en progresión aritmética. Luego habrá, miseria, guerra y caos, eliminando a los más pobres, se regularía el equilibrio. Un verdad evidente, y por lo tanto, despolitizada, que constituye la línea general de la catástrofe Malthusiana — ahora, pretenden algunos, el caso paulistano.

Marx respondió al argumento de Malthus. Trajo más problemas a la mesa para contraponer esa “verdad evidente”. Problemas sociales, económicos, históricos. La producción de desigualdades. Al desconsiderar las relaciones sociales de explotación y competencia que producieron hambre — en São Paulo, la falta de agua — , Malthus, así como la municipalidad de São Paulo, el gobierno, y gran parte de la prensa, perciben un resultado de la operación de leyes inexorables de la naturaleza. Seria culpa de la lluvia, o de un santo (Pedro). Pero no: es el problema de la acumulación de capital, y el juego político construído en este proceso.

Es el capitalismo, estúpido, y no, como se decía en el auge del neoliberalismo en los años 90, “es la economía, estúpido”.

A pesar de que Marx haya respondido, digamos, hace bastante tiempo, al argumento, él se resignificó y se reconstruyó con el neomalthusianismo. El famoso artículo del ecólogo Garrett Hardin, publicado en Science en 1968, reconstruyó la misma “tragedia” de los recursos naturales, que llama de los comunes (“commons”, en inglés). Escribió que el “problema” de la población y los recursos no tendría una solución técnica, sino que precisaria de una extensión moral — igualmente despolitizada.

El hoy famoso geografo marxista británico, David Harvey, le respondió a Hardin en 1974, en la revista Economic Geography, un paper titulado “Population, Resources, and the Ideology of Science”. Utiliza nuevamente a Marx contra el argumento neo-malthusiano, y apunta el problema de la “ideologia de las ciencias”, por el cual critica, de forma bastante convincente, la “neutralidad de la ciencia”.

“Al fundamentar el problema a partir de la superpoblación”, escribe Harvey en mi traducción, “muchos analistas, involuntariamente, hacen un conviete a la política de la represión que invariablemente parece estar relacionada al argumento Malthusiano cuando las condiciones económicas son tales que tornan este argumento extremadamente atractivo para la clase dominante”.

O sea: palos a los pobres. Policía e Infanteria contra “la violencia” (que evidentemente no es la violencia de la opresión, de la exclusión o de la subciudadania, pués estas no se estampan en las tapas de los diarios). Contra los “saqueos” — no el del agronegocio, sino el del desesperado en busca de agua para sobrevivir. No el saqueo de las mineras y de las industrias, sino de los trabajadores sin agua para sobrevivir.

Es lo que se diseña en São Paulo. Olvídense que el agronegicio consume dos tercios del agua. Que la industria beba tal vez 20%, hasta 30% en algunos cálculos y períodos. Y las residencias, menos de 10%. Pero, e incluso así, ¿de qué residencias estamos hablando? Debemos olvidarnos de las piscinas en los barrios ricos, el baño en la vereda, el banho en el SUV, los cuatro baños de la casa, pero enfocan la atención en la débil ducha eléctrica de la periferia comprada en cuotas: este es el elemento “violento” que va a sufrir a manos de la policía.

En los años 90 (auge ideológico del neoliberalismo), la sospecha de que la escasez de recursos podria provocar conflictos violentos en el ámbito internacional ganó un nuevo suspiro, notadamente por el grupo de trabajo del canadiense Thomas Homer-Dixon. Publióu libros, organizó seminarios, entrenó a investigadores, y con el alerta de que los recursos naturales van a terminar a causa del aumento de la población, y un Mad Max global iba a ser instaurado. Renovó a Malthus en el seno del neoliberalismo. Propiamente, con la intención de fortalecer sus argumentos, trató siempre de dejar de lado el contexto sócio-político, hstórico y económico de cada caso adonde se le atribuye a la naturaleza la causa de conflictos sociales. El trabajo fue influyente, y reflejaba la principal estrategia del gobierno Clinton para la “seguridad ambiental”.

La respuesta vino de un grupo de inestigadores en Berkeley, con los geografos Nancy Peluso y Michael Watts. Organizaron un seminario interdisciplinario y después publicaron un libro, Violent Environments (2001, Cornell University Pres), en el que, con fundamento en la economia política y las relaciones sociales, le respondian a Homer-Dixon y a la administración neoliberal de Clinton.

En resumen, el trabajo diseña la violência como un fenómeno localmente específico, con origen en la historia y relaciones sociales locales, sin embargo, conectadas con procesos amplios de transformaciones materiales y relaciones de poder.

Con la crisis climática global habiendo ascendido, finalmente, la agenda internacional, nuevamente se renovó la dinámica entre población y recursos, con el uso fácil y superficial de Malthus, o un examen más categórico, muchas veces de cuño marxista, teniendo en cuenta las dinámicas locales, las relaciones de poder y las transformaciones materiales.

En este sentido, un proyecto europeo llamado Clico (puede ser visto aqui http://www.clico.org/), investigó si los cambios climáticos podrían provocar conflictos, especialmente, por problemas hídricos. Los casos de estudio no fueron tropicales donde hay lluvia y agua abundante (Brasil tiene un quinto del agua dulce del planeta), pero alrededor del mediterráneo, de clima temperado o desértico — o sea, donde la cosa deberia “ocurrir” en términos “naturales”.

La conclusión, sorpréndanse políticos de São Paulo, es que no fueron encontradas evidencias de que las variaciones hidro-climáticas sean fuentes de violencia e inseguridad.

El problema, escriben los investigadores, es “democracia” y “buenas instituciones”. Esas si son las grandes variables. Utilizando herramientas de la ecologia política, el grupo de diferentes universidades, coordinado por la Universidad Autónoma de Barcelona, encontró algo que — eso si — puede inspirar el debate en Brasil:

“Descubrimos también que los proyectos de desarrollo en larga escala, liderados por el Estado, muchas veces conducidos en nombre de la adaptación a los cambios climáticos, terminan por aumentar la inseguridad en algunos grupos poblacionales, muchas veces aquellos que son los más marginalizados económica y politicamente.”

Tal vez, en base a la experiencia relatada en esos casos, lo que São Paulo más precisa, urgentemente, no es de la transposición física de reservatorios secos por otros secos, secando todavia más las cuencas a su alrededor. Transponer kas aguas del Paraíba do Sul, ya seco por el consumo exploratorio (con 1,7% del volumen!), al Sistema Cantareira (con cerca de 5% del volumen!), sólo debe empeorar la situación y afectar a más gente y más al ambiente.

Es necesario, si, una “transposición política”, con fuerte impacto en las relaciones económicas y de desigualdad social.

Transponer la oligarquia que controla los mecanismos de poder y agotan los recursos naturales a un mismo nivel de igualdad en las relaciones políticas de la gran población — humana y no humana — que sufre estos abusos.

Alckmin [el gobernador del Estado de São Paulo] ya declaró que faltarían guillotinas en caso de que el pueblo supiese lo que pasa. Sin embargo, la violencia es una pésima forma de transformar al sistema político. El pueblo debe ser más inteligente, y menos violento, que su gobernante.

*texto escrito para la campaña Conta d’agua, la que apoyo con entusiasmo y sed: Felipe Milanez para ContaDagua.org

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