El decir verídico

Parresía es la traducción de un término griego que quiere decir hablar con sinceridad, lo que podríamos llamar el decir verídico. Quiere decir libertad de palabra, pero hay que entenderlo también como veracidad de la actitud. La verdad del discurso es la verdad de la vida, puesto que tiene una forma de relación con los otros y con un mismo. Nuestra subjetividad moral está arraigada en estas prácticas. La parresía ética se empieza a utilizar como práctica específica de determinadas relaciones humanas, más allá del escenario del  ágora o de la corte del rey, que sería la parresía política. 
 La parresía entendida como ética aparece con el helenismo.Para los epicúreos, la amistad es muy valorada, pero hay también una relación entre el maestro y el discípulo y uno de sus aspectos es el arte de guiar espiritualmente a (en paralelo al arte de la medicina o al arte de la navegación) Tanto la amistad como la maestría implican la parresía, el ser sincero con el otro, el decirle la verdad. En los estoicos se recalaca más esta relación maestro-discípulo que no la amistad, como sucede en los epicúreos. En el caso del estoicismo, la parresía es una forma de luchar contra nuestro principal enemigo interno, que es el amor propio o vanidad; es necesario luchar contra el autoengaño propio y del otro. Lo que presenta en definitiva la parresía es un juego de verdad en el que uno tiene que ser suficientemente valiente para saber la verdad sobre sí mismo y sobre el mundo; es el coraje de decirse y decir la verdad.
Para los cínicos, lo más importante es la necesidad de decir la verdad a todo el mundo a través de una prédica crítica: es también la manera de poner en evidencia, ante una multitud, la arbitrariedad de las convenciones; lo hacen a través de la conducta escandalosa o de un diálogo provocativo que ataca la vanidad del interlocutor; es un tipo de ataque para liberar al interlocutor de su miedo, puesto que, como dice Diógenes, si alguien trae armas es que está asustado: el que no tiene miedo no necesita defenderse.Aparece con los cínicos una tercera forma de parresía, que es la filosófica. No es la política, que es una intervención directa frente a los ciudadanos o frente a un poder y que implica un riesgo. Pero tampoco es la ética, que se da en el marco de la relación maestro-discípulo o entre amigos y que no supone ningún riesgo. Es una intervención pública pero no en un escenario directamente político. Es la de los cínicos, que quiere decir problematizar las costumbres, las creencias y plantear otro tipo de vida. Es un contrapoder que implica un riesgo, como el político.
Hay, dice Foucault, tres puntos importantes en el tema de la parresía en relación con el cuidado de uno mismo. El primero es que, el que era inicialmente una guía de un maestro para el discípulo se va transformando cada vez más en un deber de uno sobre sí mismo; el segundo es que el principio de esta práctica es el conocimiento de uno mismo para una autocnostrucción ética; y el tercero es que lo que está en juego no es el descubrimiento de las propias profundidades psíquicas, de su secreto, sino la relación de uno mismo con una serie de principios interiorizados.
Lo que luego ocurrirá con el cristianismo es que se pasará del maestro al director de conciencia. La parresía estará al servicio del poder pastoral. A partir de aquí la parresia no es la del maestro respecto al alumno sino la del rebaño respecto al pastor. Es el pecador el que debe decir la verdad, el que debe hablar. Y el director de conciencia lo escucha para aplicarle una sanción, para hacerle renunciar a sí mismo. La obediencia es fundamental, mientras no se contemplaba en absoluto en las parresía griega. En el psicoanálisis se mantendrá la cuestión de que es el analizado el que habla, aunque evidentemente para el psicoanálisis el que habla no es el sujeto consciente sino el sujeto del inconsciente. Pero por supuesto que se recupera el sentido originario de que la finalidad no es la renuncia a uno mismo sino la afirmación de uno mismo. Afirmación que para el psicoanálisis lacaniano será la del deseo inconsciente, la del ello frente a las ilusiones del yo, y para el psiconanálisis no lacaniano será la afirmación del yo.

 Profundizando en el tema Foucault vuelve a la filosofía griega clásica y con ella a Sócrates. La parresía de Sócrates es directamente filosófica. Sócrates dice que no intervienen directamente en la política para no jugarse la vida. Extraña paradoja porque le acabaron matando. Pero la paradoja e suna contradicción aparente. Sócrates sabía que se jugaba la vida pero prefería hacerlo diciendo la verdad por las calles de Atenas, hablando con los ciudadanos y no en las asambleas. Porque sabía que en las asambleas no domina la parresía sino la retórica. Habla no el que dice la verdad, sino el que habla mejor, el que manipula más, el que seduce más.

 Foucault situará así la parresía en el marco de la democracia ateniense y lo relacionará con la isegoría, la libertad de palabra, y la isonomía, que es la igualdad delante de la ley. Todos tienen derecho a hablar, pero la democracia exige la parresía, el hablar claro y veraz en la asamblea y frente al poderoso. Esta es la parresía política. La que defiende Sócrates con la filosófica, la crítica al poder entre amigos, en el ágora . También es la de los cínicos provocando el escándalo entre los ciudadanos.
  La parresía filosófica, como la política, entraña un riesgo, el riesgo de enfrentarse al poder. Es lo contrario de la retórica, donde se habla para seducir, para encantar, para adular y ser adulado.
La filosofía será para Foucault una manera de parresía en cuanto que asume una función crítica. En este sentido señala la continuidad que establece con ella Kant con su texto “¿ Qué es la ilustración?”. Se trata de pensar por uno mismo y de ser veraz, decir lo que se piensa.
Hay por tanto un compromiso claro en Foucault; la filosofía no debe ser normativa, no debe decir lo que se tiene que hacer, ni a la asamblea ni al gobernante. Porque si no tuviera este compromiso político entonces sería pedagogía, que también pretende decir la verdad pero sin riesgo al hacerlo. Pero la función política del filósofo es siempre la de problematizar, la de una “exterioridad reacia” a participar directamente en el juego político. Lo cual no quiere decir que no se comprometa políticamente como ciudadano en diferentes acciones, como hizo el propio Foucault en este tiempo, pero no como filósofo. Aunque evidentemente el abrir problemáticas conduce a la crítica y esta lleva a la acción.
La posición de Foucault frente a la democrática es, por tanto, la de problematizarla en el sentido de que ha de ser un escenario para la discusión veraz, no para la retórica aduladora y manipuladora. Es decir, la democracia no únicamente como procedimiento, también como contenido, que tiene que ver con la relación que hay entre los ciudadanos y la verdad.
En su último curso Foucault diferencia la veracidad de la parresía de otras dos formas antiguas de veracidad, la profecía y la sabiduría. El profeta habla a través de enigmas y transmite la verdad de un Otro, el parresista lo hace de manera clara y habla por sí mismo. El sabio tiene en común con el parresita el que habla claro y habla por sí mismo, pero habla poco. El silencio para ser una de las mejores maneras que tiene para transmitrir algo. lo único que tiene el parresista es la palabra.
 Lo que nos puede enseñar esta noción de Foucault es que la democracia no es solo un procedimiento formal, que implica una determina ética, cultura que quiere decir tener un criterio, una ética de la verdad y la capacidad de responsabilizarse por lo que uno dice, con los riesgos que implica. Que no es solo el derecho a decidir sino a hacerlo con una información, con un criterio, con una capacidad de discrepar y con el valor de no seguir la corriente que marcan los demagogos.
Luis Roca Jusmet

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