Etología y el sentido de la vida

Imaginad un mundo extraterrestre, allí se ha dado la evolución por selección natural igual que aquí. Uno de estos seres al que vamos a llamar Pink Floyd, se ha desarrollado en un grupo que a lo largo de su evolución ha visto modificadas sus características (ha evolucionado, ha cambiado) básicamente por el hecho de que su sistema de comunicación está basado en algo muy distinto a lo que nosotros podemos experimentar, por facilitar las cosas diré que es algo parecido al olor. Esto ha ocurrido de tal forma que los Pink Floyds capaces de percibir los olores de los demás del modo más preciso posible, han sido los que más éxito han tenido. Por medio de su sistema detector de sustancias químicas volátiles, estos terroríficos seres del espacio exterior, son capaces de predecir las intenciones de sus congéneres con solo olerlos. Con el tiempo, el sistema se ha refinado tanto y ha cobrado tantísima importancia que, esta habilidad se ha tornado subconsciente. No necesitan concentrarse especialmente para captar la esencia intencional del prójimo, lo hacen sin más. En los seres humanos sucede igual, las habilidades más importantes son las más basales, no tenemos que pensar ni esforzarnos especialmente para llevarlas a cabo. Son también en muchos casos las más complejas, muy al contrario de lo que podría llegar a pensarse. Aquellas habilidades que para nosotros son más fáciles,  las que hacemos sin pensar, son también las más complejas; éste es sin duda un duro palo a nuestro intelecto.

Lo que sí nos ha quedado claro al tratar de imitar a la naturaleza es lo que la teoría de la evolución ya nos había sugerido, aquello que cambia menos a lo largo del tiempo, lo que es común, es mucho más  importante para la supervivencia que la novedad. Para un animal extraterrestre como un Pink Floyd que a lo largo de su historia evolutiva se ha especializado en detectar olores, éstos constituyen su principal forma de interactuar con el exterior. De forma subconsciente, estos seres tratarán de explicarlo todo por medio del olor, es el que les permite tener éxito en su competencia interespecífica (dentro de su especie, de sus propios grupos), y esto elimina cualquier necesidad de pulir errores menores que evolutivamente no tienen peso alguno, pues en evolución lo que realmente importa no es lo que piensas sino lo que haces con lo que piensas.

Supongamos que un día un Pink Floyd se hace la misma pregunta que el resto de los Pink Floyd se han hecho desde que recuerdan su historia,  «¿Cuál es el olor de la vida?». Cuando un Pink Floyd se pregunta esto, verdaderamente cree estar ante la pregunta definitiva, la que tratan de responder los más sabios, le dan vueltas y vueltas, pero siempre queda en el aire sin que un momento acabe con ella. Todo Pink Floyd que plantea la pregunta, aun sin saberlo, se encuentra ante la cuadratura del círculo, el intento estéril de tratar de abordar un concepto abstracto mediante un sistema inadecuado en este caso basado en el sentido del olfato. Nosotros tenemos el mismo problema que los Pink Floyd, de hecho nosotros somos los Pink Floyd, con la sencilla diferencia de que nuestro sistema de comprensión de la realidad es mucho más sutil y misterioso. Realmente, no existiría necesidad alguna de plantear un ejemplo donde la teoría de la mente se basara de manera exclusiva en el olfato, si no fuese tan difícil abstraerse de nuestra propia realidad.

Los seres humanos tenemos mucha suerte, en nosotros se han dado las condiciones necesarias para que nuestros errores de percepción no nos maten. Hemos antropomorfizado el sol, la luna y el viento, y esto no se  ha interpuesto con nuestra supervivencia. Hemos castigado algunos coches y ordenadores a puñetazos y patadas, como si fuesen miembros de nuestro grupo de monos. Incluso hay quien, con enorme esfuerzo, intenta encontrar el sentido de la vida. Nuestros errores de percepción están de rebajas en la naturaleza!. Podemos pensar en nuestras tonterías sin morir en el intento. Es una suerte

Recuerda que cada vez que contemples el cadáver de una polilla achicharrado al lado de una lámpara, probablemente encuentres al Platón o Aristóteles difunto de las polillas.

Estarás presenciando cómo la naturaleza les impide a ellas perder el tiempo con sus tonterías. Oh, qué suerte la nuestra.

Visto en Naukas (adaptado)

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