Al Estado, los empresarios

A lo largo de la historia la clase dominante -desde siempre un entramado de intereses locales y transnacionales- buscó diferentes maneras de garantizar que el poder político se ejerciera a su favor, sin importarle las leyes ni las reglas de juego de la democracia.

Si en la última dictadura militar la clase dominante apeló a las Fuerzas Armadas para operar políticamente la violenta transformación económica y social que hizo posible el nacimiento del neoliberalismo, a partir de 1983 debió buscar otras estrategias. Desde entonces se pueden pensar tres grandes momentos.

La democracia cooptada

En pocos años, consiguió que el liderazgo de los dos grandes partidos políticos de origen e idearios nacionales y populares de nuestro país -el PJ y la UCR- se convirtieran en operadores políticos directos de sus intereses. Es lo que referentes de las ciencias sociales como Eduardo Basualdo llamaron un proceso de transformismo de dirigentes políticos, sociales y gremiales, retomando un concepto creado por el militante comunista Antonio Gramsci en la Italia de los años veinte.

En los ’80 se impusieron a la amplia movilización democrática a fuerza de presiones patronales, golpes de mercado, hiperinflación y la extorsión internacional de la deuda externa. En los ’90, ya ablandado el personal político y gremial, lograron terminar de configurar el nuevo país a su imagen y semejanza.

Esa cooptación de la mayor parte de la dirigencia política oficialista y opositora, por parte de la fracción hegemónica de la clase dominante, condujo a que cuando llegó la crisis económica y social de fines de siglo, la sociedad no encontrara respuestas en un sistema político incapaz de ofrecer alternativas. Era el tiempo del “que se vayan todos” y de la crítica a una clase política que era toda lo mismo. Es decir, una gigantesca crisis de representación política, cuyos ecos todavía suenan detrás de las canciones de Tan Biónica y el resto del soundtrack de Durán Barba.

La ilusión de que en la sociedad burguesa el Estado es un representante del interés general se había desintegrado, la cancha estaba visiblemente inclinada, el partido arreglado y el árbitro bombeaba abiertamente.

La recuperación de la política

Esa fue la sutura que el kirchnerismo buscó sanar. Reconstruir el sentido de mediación del sistema político, tomar distancia del poder económico, recuperar la autonomía de la política. Todo ello era necesario para trabajar por un cambio en el modelo económico, ciertamente limitado, pero que ubicaba al mercado interno, al consumo y al empleo como ejes rectores de la política económica, retomando así el ideario tradicional del peronismo.

Al seguir ese camino, el kirchnerismo debió desplazar de la gestión de los despachos estatales a los representantes directos de la clase dominante. Lo que no necesariamente significó que siempre eligiera chocar con sus intereses. Al contrario, como decía Cristina, hubo quienes “la juntaron con pala” en la “década ganada”, como corresponde a un proyecto que nunca renegó de la ganancia capitalista sino que buscó conciliarla con la inclusión social.

Pero desde el punto de vista empresarial, eso significó la obligación de cambiar el método de la imposición por el de la negociación con los funcionarios políticos. El Estado se convertía así en una suerte de gran comisión interna que le impedía instrumentar la disciplina patronal que acostumbra en el ámbito privado. Puede parecer una comparación exagerada, pero ellos son -y saben que son- los dueños reales del país.

Néstor Kirchner consiguió instalar la idea de que ese nuevo esquema político era el de un país normal, ganando momentáneamente la pelea por el sentido común de la opinión pública. Difícil saber qué se esconde en ese significante vacío que es la “normalidad”. Quizás se puede arriesgar que para la cultura argentina, normal es un país que permite el progreso individual de sus habitantes, esa promesa permanentemente realizada y frustrada que signa nuestra historia.

El regreso de un gobierno empresarial

Desde el 10 de diciembre vemos cómo Mauricio Macri busca consolidar su triunfo electoral en ese mismo terreno ideológico. “Tengo un enorme optimismo puesto en que ahora, siendo un país normal, con un único tipo de cambio, sin restricciones a la exportación, manteniendo el comercio con el mundo en forma normalizada, Argentina va a empezar de vuelta a expandir su economía”, aseguró en una reciente entrevista.

El regreso del liberalismo al poder adapta la idea del “país normal” a sus objetivos. En la misma nota el presidente explica: “Lo que hemos hecho, cumpliendo lo prometido en la campaña, es desatar las fuerzas, la energía de la Argentina”. En sus palabras resuena con desparpajo la célebre “liberación de las fuerzas productivas” de Alfredo Martínez de Hoz, reafirmando la matriz liberal de su política.

La superpoblación de CEOs y dirigentes de los gremios patronales en el gabinete -así como de team leaders de ONGs y demás formatos legales de la caridad empresarial-, es una manifestación elocuente del regreso del poder económico a la gestión directa del Estado.

¿Estamos en presencia entonces de una nueva estrategia del poder económico, un tercer momento en que decidió prescindir de cualquier mediación política para ejercer el poder político? Macri logró una proeza de dimensiones históricas: dejó en claro que el empresariado podía salir del lobby tras bambalinas, armar su propio partido y ganar las elecciones. Promueve la idea de que no será mediante la sabiduría del estadista sino del management empresarial que la Argentina supere la frustración histórica del subdesarrollo.

¿Pero cómo mantener la ilusión de neutralidad del Estado si es explícito que está en manos del empresariado? ¿Cómo podrá construir el macrismo hegemonía política? ¿Cuánto durará la luna de miel si la economía sigue apretando los cinturones?

La UCR ya se plegó a esa nueva estrategia del capital concentrado, detrás del liderazgo de Elisa Carrió y Ernesto Sanz. Ahora está en veremos la respuesta de un peronismo en crisis, que tiene ante sí la opción entre subordinarse al poder económico o resistir.

Haber “desatado las fuerzas de la Argentina” es un gran negocio para la clase dominante, que puede entrañar una derrota popular de hondas consecuencias, pero también tiene un riesgo. Un poder oculto es más difícil de combatir que un poder visible y quizás, entre medio de las grandes conflagraciones sociales por venir, pueda surgir en la fuerza popular organizada una conciencia más clara del auténtico rostro de la fuerza brutal de la antipatria.

Por Ulises Bosia, Notas.org

 

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